domingo, 27 de noviembre de 2016

Marcel Jaurey, un cántabro en el rally de Montecarlo

Marcel Jaurey, a la izquierda, con su 'Delage'
En el estudio fotográfico y sobre el triciclo recién estrenado, aquel niño de cuatro años parecía un emperador. Su expresión, de solemne serenidad y complacencia, guardaba el convencimiento de poseer la máquina más fantástica que hubiera podido inventarse. La idea de avanzar sentado, con el simple movimiento de los pedales, era algo más que divertido. Era pura magia. Jamás olvidaría esa sensación. En realidad, esa sensación le acompañaría toda su vida.

Marcel Jaurey nació en 1904 en Santander, ciudad en la que siempre vivió. Su padre, también Marcel Jaurey, natural de Mont de Marsan (Francia) se casó en Santander con Francisca Fernández-Cotera Mendizábal, regentando el conocido y próspero establecimiento de ‘La Tintorería Francesa’, cuyos talleres estaban en la calle San Fernando, mientras que las tiendas de reparto se ubicaban en las de San Francisco e Isabel II. Con una posición social acomodada, el joven Marcel estudió en los Escolapios de Villacarriedo sin demasiadas preocupaciones, exceptuando la llamada a filas de su padre, de nacionalidad francesa, para combatir en las trincheras de la Gran Guerra, donde pudo sobrevivir. Así que el joven pudo dedicar su tiempo a dejarse llevar por aquellas agradables sensaciones dirigiendo máquinas que le transportaban a un mundo más emocionante.

El cosquilleo de la competición

Con nueve años, el triciclo dejó paso a la bicicleta, y poco tiempo después participaría en pruebas ciclistas infantiles para descubrir el cosquilleo de la competición. Más tarde practicó el motociclismo, con la desgracia de perder un ojo en un accidente. Pero aquello no le echó para atrás. Continuó probando el placer de la velocidad con los automóviles y las avionetas, incluso engañando a las autoridades encargadas de otorgar los permisos para volar, porque el oftalmólogo amigo suyo que extendió el certificado para obtener el carnet de piloto, escribió, sin mentir, que “en el ojo izquierdo tiene una dioptría, en el derecho, nada”.

La oportunidad del rally

Cuando compró su cuarto automóvil, un ‘Delage’, la propia empresa le ofreció un precio especial con la condición de que participara en el famoso rally de Montecarlo. No se lo pensó dos veces. El 23 de enero de 1934 partió de Madrid con el número 64 conduciendo un ‘Delage’ de 2.420 centímetros cúbicos. Pasó por Bayonne, Toulouse y Avignom antes de llegar a Montecarlo. Al año siguiente, renovó el acuerdo con la marca del vehículo que le ofreció un ‘Delage’ más potente, de 2.660 centímetros cúbicos, que llevó a Montecarlo la matrícula santanderina: S-5758. En esta ocasión tuvo que superar un problema de cierta importancia, ya que Marcel poseía doble nacionalidad y al no atender la llamada a filas de Francia, para evitar problemas participó indirectamente inscribiendo a su amigo Valentín Azpilicueta que le acompañaría en el recorrido como viajero con su esposa y con el padre de Marcel.

Desde Portugal

El 20 de enero 1935 partieron de la localidad portuguesa de Valença do Minno, atendido y controlado por el Automóvil Club Portugués, pasando por Lisboa, Sevilla, Madrid, Bayonne (abriéndose paso por los Pirineos a base de retirar la nieve con una pala), Toulouse, Brignoles y Montecarlo. Nadie en España pareció enterarse de la prueba, y eso que también la atravesaron los participantes ingleses que salieron desde Gibraltar. Marcel alcanzó su récord de velocidad en el tramo comprendido entre Sevilla y Madrid, logrando una media de 90 kilómetros por hora, y haciendo los 3.000 kilómetros del recorrido en 62 horas, comprendidas las muy escasas que pudieron disponer para dormir y alimentarse. Participaron 166 automóviles y Marcel pudo batir a sus contrincantes franceses sobre ‘Bugatti’, consiguiendo clasificarse y logrando traer a Santander la Copa del Automóvil Club lusitano. Quedó clasificado en el puesto 75 de los 103 que pudieron terminar, en la categoría de coches entre 2.000 y 3.000 centímetros cúbicos.

Incautado

Sobre un triciclo, sobre una bicicleta, sobre un automóvil o sobre un aeroplano, Marcel Jaurey siempre mantendría esa expresión de solemne serenidad que guardaba el convencimiento de poseer la máquina más fantástica que hubiera podido inventarse. Por eso lamentaría el triste destino de aquel ‘Delage’ cuando la guerra puso fin a los juegos de velocidad. Los automóviles fueron incautados y sometidos a todo tipo de servicios, manchadas sus tapicerías de barro, sangre y grasa, impregnadas con olor a pólvora y farmacopea, destrozados en los barrancos o en las cunetas, ametrallados o pintarrajeados y, finalmente, apilados en los cementerios mecánicos de chatarra, como el famoso ‘Delage’ de ocho cilindros de Marcel Jaurey que durante el percance bélico sufriría un accidente en el alto de Solares, causando la muerte de su conductor y de su ocupante. Así terminó aquella fantástica máquina que llevó al Principado de Mónaco al primer español en participar en el rally de Montecarlo.

domingo, 20 de noviembre de 2016

El último gol de Quique Setién

Después de tantos años, se me revuelve el estómago de racinguista igual que la primera vez que escribí sobre aquel gol.

Era el inicio de la temporada 1995-96, la primera en la que las victorias valían tres puntos. El Racing no había comenzado con buen pie, porque en el primer encuentro recibió cuatro goles del Athletic Club en San Mamés, y en el segundo, otros cuatro del Atlético de Madrid en El Sardinero. Así que en el tercero, en Gijón, los jugadores racinguistas, capitaneados por Quique, concentraron un decidido propósito de enmienda. Habían pasado escasos minutos cuando, un balón robado por Luis Fernández, se cruzó en el camino de Quique cerca de la media luna del área asturiana. Con la derecha, el santanderino empalmó un potente disparo raso que se coló rozando el poste derecho de Ablanedo. Fue un golazo. Era el primero que el Racing marcó aquella temporada, pero nadie pensó nunca que sería el último del carismático futbolista, aunque nunca pudo subir al marcador.

Redes de dudas

Después de que el balón entrara limpiamente en la portería, el colegiado, José Enrique Rubio Valdivieso, tras observar que ningún banderín se había alzado para denunciar algo que no había podido percibir, inició la carrera señalando el centro del campo. Había visto con sus propios ojos cómo el balón entró en la portería, así que su decisión no ofrecía dudas. Pero el guardameta había escuchado el impacto de aquel chut al estrellarse contra una valla publicitaria (“qué extraño”, pensaría), y después de levantarse de su fracasada estirada, fue a recuperar lentamente el balón que no estaba dentro, estaba fuera, evadido de unas redes que no se habían comprobado correctamente y que estaban mal ajustadas. Entonces, el portero asturiano tuvo la brillante idea de blocar el disparo de Quique reclamando la atención del linier, un colegiado gerundense llamado Caliano Lentijo que se creyó el cuento de hadas de Juan Carlos Ablanedo. Aquello creó un momento de confusión. Rubio Valdivieso comenzó a dudar. Quique descubrió que algo raro ocurría y persiguió al colegiado preguntando qué había pasado.

Desmentirse a sí mismo

No conozco en el fútbol que un árbitro se desmintiera a sí mismo, ni que renegara de sus propios sentidos, principal recurso para administrar la justicia deportiva. Rubio Valdivieso había visto el gol y lo había legalizado con su soplido. Pero cuando comprobó, alertado por las indicaciones de Ablanedo y de su linier, que el balón estaba fuera de la portería, se dejó llevar por las especulaciones fantásticas que reclamaban los sportinguistas. Cuando lo anuló, este árbitro, nacido en la localidad vallisoletana de Urones de Castroponce, entró en la historia maldita del fútbol, porque existen millares de errores arbitrales por cosas que no se ven, pero ninguno por cosas que ya vistas, dejan de creerse.

La indignación de espaldas

En aquella temporada, los árbitros esquilmaron al equipo cántabro en las primeras jornadas. En Santander, la indignación por la actuación de los árbitros invitó a los aficionados a salir a la calle para protestar. Recuerdo que en el siguiente partido, en la tarde del sábado, 23 de septiembre de 1995, el Racing jugaba contra el Sevilla C. F. en Santander. Los escandalosos errores del árbitro que no se creyó lo que había visto, fueron un resorte para los racinguistas que se sentían cargados de reproches contra los jueces de la competición. En el campo, cuando el colegiado Díaz Vega salió al terreno de juego, nadie le abucheó. Los espectadores se levantaron de sus asientos y mostraron sus espaldas a los representantes arbitrales. Los pocos aficionados que no lo hicieron, contemplaron una visión insólita en un campo de fútbol. El público, siempre de frente, renegaba ahora de su privilegio de espectador mostrando el desprecio de miles y miles de espaldas. El gesto de protesta fue silencioso hasta que se escuchó el pitido del inicio del partido. 

Después de tantos años, se me revuelve el estómago de racinguista igual que la primera vez que escribí sobre él. Fue el último gol de Quique Setién, un gol que continúa vagando por El Molinón, como alma en pena, esperando que alguien lo saque de centro.

domingo, 13 de noviembre de 2016

El campeón de harina contra la raza aria

Más que un boxeador, parecía un bailarín. Convertía el cuadrilátero en una pista de baile y a sus rivales en parejas a las que imponía su ritmo. En ocasiones, los desquiciaba con su vibrante juego de piernas y con su escapismo de golpes que le perseguían sumidos en el fracaso.

El público le adoraba, sobre todo las mujeres. Era un hombre atractivo, feliz y ganador. Pero no era de raza aria, había nacido en un país equivocado y vivía en un tiempo demasiado desfavorable para los gitanos.

Boxeador y gitano

Johann Wilhelm Trollmann era natural de Hannover y vino al mundo el 27 de diciembre de 1907 en el seno de una familia gitana. Todos le llamaban ‘Rukeli’ (árbol joven) y mostraba una engañosa apariencia de muchacho enclenque. Quizás por eso se aficionó al boxeo, perfeccionando su estilo gracias al entrenador judío Erich Seelig. Muchos se sorprendieron cuando comenzó a ganar campeonatos locales con aquella apariencia de fragilidad, pero es que se movía demasiado deprisa y sus golpes eran certeros y potentes. Por eso fue uno de los púgiles que se clasificó para participar en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam (1928), aunque finalmente no pudo hacerlo porque su forma de boxear no era representativa de Alemania. Ésa fue la excusa para intentar disimular el racismo que comenzaba a apoderarse de aquella sociedad.

Campeón de la Alemania nazi

Pero Rukeli continuó boxeando con sus pies ligeros, su apariencia enclenque y sus puños voraces. Se trasladó a Berlín, se hizo profesional y se fue ganando al público rompiendo la moral de hombres mucho más fornidos y corpulentos. Y alcanzó su sueño, competir por el título nacional de Alemania de los semipesados en 1933, el año en que Hitler llegó al poder. Su rival era Adolf Witt, mucho más pesado y fuerte que además era el favorito de los dirigentes nazis que acudieron por decenas a ver el combate. Trollmann fue más rápido que nunca aquel día. Incluso se atrevió a burlarse de la torpeza de su oponente y a comentar jocoso el desarrollo de la pelea con los espectadores de las primeras filas. Golpe a golpe, el gitano fue ensangrentando la cara del ario con una vitalidad y frescura insultante. Cuando los jueces anunciaron que el combate era nulo, el público, escandalizado, casi organizó un tumulto, de tal manera que se vieron obligados a rectificar y a designar campeón de Alemania a Trollmann, entre la ira de los dirigentes del nacional socialismo y la emoción del campeón que rompió a llorar.

Aquello era imperdonable para el nuevo régimen. A la semana siguiente, la Federación Alemana de Boxeo le informaba por carta que le quitaban el título por “comportamiento vergonzoso”, refiriéndose a su llanto, mientras que la prensa justificaba la decisión afirmando que “los campeones de boxeo no corren”. Además, amenazando a su familia, se le obligó a combatir contra un duro boxeador pronazi, Gustav Eder, prohibiéndole que no se moviera del centro del ring. Querían humillarle, pero no lo consiguieron.

El gitano de los pies alados aceptó la pelea, pero en esa ocasión no sería un gitano. Se tiñó el pelo de rubio, esparció harina por todo su cuerpo, se plantó inmóvil en el centro del ring y aguantó los puñetazos hasta que en el quinto asalto, cayó a la lona rebozado de raza superior.

En el campo de concentración

Años después, Trollmann acabó en el campo de concentración de Neuengamme, cerca de Hamburgo. Malnutrido y débil, tuvo que soportar los combates que los guardias organizaban para divertirse, donde premiaban a Trollmann con un plato de comida sólo si perdía por K.O. Un día de 1944 se hartó y en una de esas peleas se atrevió a noquear a un colaborador nazi. Éste, enrabietado y ante la mirada impasible de los vigilantes, le apaleó hasta la muerte.

Durante muchos años, Johann Wilhelm Trollmann sólo fue una víctima más de un exterminio execrable, mientras su gesta se arrinconaba en el olvido. Hasta que la Federación Alemana de Boxeo reconoció su título en 2003. Hoy, en Hannover, una calle lleva su nombre y en Hamburgo, una placa señala el gimnasio donde ganó varios combates. En Berlín, su memoria se evoca en el parque Victoria, con un ring inclinado y único destinado al boxeador que parecía un bailarín, que convertía el cuadrilátero en una pista de baile y a sus rivales en parejas a las que imponía su ritmo. Y su recuerdo, teñido de rubio y con piel de harina, sigue desquiciando a los que se creen dioses con su vibrante juego de piernas y con su escapismo de golpes que siempre le perseguirán sumidos en el fracaso.

lunes, 7 de noviembre de 2016

La aventura del C. D. Toluca


El campo del Regimiento de Infantería Valencia, el mismo que el escritor Manuel Arce cuidó con devoción durante su servicio militar en los años cuarenta, se llenó como nunca. Un equipo de Santander había cautivado la expectación de miles de aficionados que apenas encontraban acomodo en las escasas gradas que se levantaban en uno de los laterales, el que linda con la calle General Dávila. El resto tenía que acomodarse de pie, alrededor del terreno de juego, empujando al de al lado o poniéndose de puntillas para ver a aquellos grandes jugadores.

Aquellos astros del fútbol

Todos hablaban de ellos. Los más jóvenes, que eran los que menos conocían a aquellos astros del fútbol, se quedaban embobados cuando sus padres o tíos les explicaban quién era el gran Marquitos (Marcos Alonso Imaz), el santanderino ganador de cinco Copas de Europa con el Real Madrid, patriarca de una saga de futbolistas inmejorable que se había extendido a sus hermanos Alfredo, Antonio (‘Tacoronte’), Cilio y Joselín; ‘Pachín’ (Enrique Pérez Díaz), el más laureado de la saga familiar de los ‘Pachines’ de Torrelavega, que había debutado en la Real Sociedad Gimnástica de Torrelavega con su hermano Francisco y que sin haber jugado en el Racing, destacó en el Real Madrid, alcanzando la internacionalidad y logrando dos Copas de Europa; el madrileño Enrique Mateos, que como ‘Pachín’ había jugado en la Real Sociedad Gimnástica de Torrelavega, aunque Mateos lo hizo al final de su carrera deportiva, llegando a ser internacional cuando era jugador del Real Madrid, equipo con el que conquistaría cuatro Copas de Europa; Atienza II (Ángel Atienza Landeta), cuyo hermano mayor, Adolfo, también había jugado en el Real Madrid, aunque Ángel se retiraría muy pronto para dedicarse al arte, destacando sus murales en el metro de la capital de España; el canario ‘Pantaleón’, que en realidad tenía por nombre el de Manuel Quevedo Vernetta, otro futbolista que logró ganar una Copa de Europa con el Real Madrid pero que en honor a su hermano Pantaleón, famoso jugador de la U. D. Las Palmas y creador de la saga, llevaba su nombre; el navarro Félix Ruiz, otro futbolista veterano que como el resto había vestido la camiseta del Real Madrid, siendo internacional, aunque una lesión de clavícula le frenaría su carrera deportiva; el madrileño Pedro Casado, otro internacional que había defendido la camiseta madridista y el orensano Delfín Álvarez, un madridista más que también había jugado en el Granada C. F., Real Murcia y R. C. D. Español y que como todos ellos, habían respondido a la llamada de Marquitos para que se incorporaran a aquel modesto equipo de Tercera División: el Club Deportivo Toluca.

Cómo surgió el Toluca

¿Toluca? Aquel nombre sonaba muy montañés y enseguida encantó a los dos fundadores de este equipo allá por los años cincuenta del pasado siglo: Emilio Ruiz Alciturri (‘Uco’) y Antonio Alonso Imaz (‘Taco’). ‘Taco’ y ‘Uco’ contaban con un equipo infantil, el San Celedonio, que como tantos otros de la época se batían en los campos del Hogar y en Miramar, disputando el Torneo de los Barrios. ‘Taco’ había tenido la ocasión de conocer al famoso jugador astillerense, Nando García, por medio de su hermano Marquitos. García, que fue jugador del Racing y del F. C. Barcelona, logrando una gran celebridad en México, donde desarrolló la mayor parte de su carrera deportiva, llegó a ofrecer a ‘Taco’ la posibilidad de jugar al otro lado del océano, cosa que finalmente no aceptó. Pero la relación de García con los hermanos Marquitos continuó con la coincidencia de que el astillerense fue contratado en la temporada 1958-59 como entrenador del conjunto mexicano del C. D. Toluca. García, que siempre se mostró agradecido por el trato que Marquitos le dispensaba cuando visitaba Madrid, regaló a ‘Taco’ y a ‘Uco’ un equipaje con las camisetas de los diablos rojos mexicanos destinadas al humilde San Celedonio. Y aquello fue el detonante para que en 1959 el San Celedonio se presentara al Torneo los Barrios con el nombre del C. D. Toluca. Aquel primer equipo del Toluca llegaría a disputar la final del popular trofeo, perdiendo tres a uno frente al Callealtera. Los jugadores toluquistas que formaron aquel día fueron Torralbo; Peña, Moncho, Braulio; Casanueva, Fitos; José Luis, Pescador, Mariano, Román y Moneo.

En categoría nacional

Años después, en 1970, el C. D. Toluca santanderino ascendió a Tercera División y Uco Alciturri, presidente y entrenador, aceptó la idea de Marquitos (retirado y a punto de cumplir cuarenta años) para llamar a varios jugadores de su quinta que había conocido en el Real Madrid, con la idea de reforzar al equipo del Regimiento. Y el Toluca se convirtió en el club de las viejas glorias, en el club de los recuerdos de antaño, en el club donde la juventud y la veteranía se unían para ganar al adversario y escribir partidos de ensueño, donde el joven José Ramón Moncaleán actuaba como un ilustre guardameta curtido por los años y el veterano Marquitos se dejaba la piel en el campo, como si estuviera disputando una final de la Copa de Europa más.

El campo del Regimiento de Infantería Valencia, el mismo que el escritor Manuel Arce cuidó con devoción durante su servicio militar en los años cuarenta, se llenaría siempre para ver al C. D. Toluca. Ése fue el mérito de aquel equipo irrepetible, el mismo que cautivó la expectación de miles de aficionados que tuvieron que ponerse de puntillas para ver a aquellos grandes jugadores y que nos invitaron a viajar a través del tiempo contemplando un partido de fútbol.

domingo, 30 de octubre de 2016

Un futbolista llamado Miguel Hernández

En los senderos que una vida sensible sortea entre la escasez, el sufrimiento, el compromiso social y la tragedia, también hay momentos de evasión para jugar al fútbol, porque aquel gran poeta que murió en la cárcel de Alicante sin haber podido cumplir los treinta y dos años, también vivió en el centro del campo, repartiendo juego entre sus compañeros, abriendo ataques, cerrando ofensivas extrañas y componiendo himnos para su equipo, quizás teniendo en cuenta la frase de uno de sus grandes amigos, José María de Cossío, que escribía que “de un lado está la vida y de otra el juego, como de una parte está la naturaleza y de otra el arte”.

Fútbol en alpargatas

Quién lo iba a decir. Mientras los más importantes poetas españoles se estaban gestando en la Residencia de Estudiantes o haciendo homenajes a Góngora entre corbatas y condiciones sociales acomodadas, había uno de ellos que se dedicaba a cuidar cabras, a repartir su leche y a jugar al fútbol en alpargatas. Porque Miguel Hernández, el autor de ‘El rayo que no cesa’, era un consumado futbolista, aunque con lástima de llevarle la contraria a mi buen amigo, Carlos Bribián, que en su tiempo fue un aguerrido guardameta, el poeta de Orihuela no jugó en esa “visionaria” posición, sino en el centro del campo. Sus amigos dejaron testimonio de que jugaba bien y de que era fuerte y voluntarioso, pero algo lento, así que en un equipo donde todos los jugadores tenían mote, se quedó con ‘El Barbacha’, aludiendo a “la velocidad” de unos caracoles que solían abundar por aquellas tierras. 

Líder del equipo

Miguel no era un jugador más. En realidad era uno de sus líderes y fue quien le puso nombre al equipo, ‘La Repartiora’, porque entre la pobreza de aquellos chavales, todos repartían para compartir lo que tenían de comer y de beber después de cada partido. Jugaban contra Los Yanquees, formado por jóvenes de la burguesía oriolana, o El Iberia, cuyos jugadores eran chavales de la calle de la Acequia. Cuando después de una emocionante victoria, los jugadores de ‘La Repartiora’ decidieron que había que componer el himno del equipo, todos se fijaron en Miguel, que era el que más tiempo se entretenía leyendo entre sus cabras. Así que aquel equipo insignificante de los chavales de la calle de Arriba de Orihuela, tuvo el honor de contar con una canción cuya letra estuvo escrita por un gran poeta y que se entonaba con la música de una canción de Las Leandras, “Por la calle de Alcalá”, y que comenzaba: “Vencedora surgirá/ porque lo ha mandado el Pá,/ la terrible y colosal Repartiora./ Por las calles marchará/ y el buen vino beberá/ porque siempre victoriosa surgirá./ En la tasca habrá de ver/ la ilusión con que al vencer/ mostrará siempre en su cara lisonjera./ Todo el mundo la verá/ bulliciosa y descará”…

La elegía al guardameta

Pero la mejor jugada de Miguel Hernández la hizo desde su posición de espectador. En 1930, un año antes de su primer viaje a Madrid, además de jugar, Miguel solía ir a ver, con su amigo Efrén, los partidos del Orihuela C. F., que jugaba en categoría regional. En uno de esos partidos presenció cómo el guardameta local, Lolo Soler, al ir a despejar un balón, impactó su cabeza con el poste de la portería. Miguel, impresionado con la sangre, escribiría una hermosa “Elegía al guardameta”, digna competidora de la oda a Platko de Rafael Alberti, con versos como éstos:

“A los penaltys que tan bien parabas

acechando tu acierto,

nadie más que la red le pone trabas,

porque nadie ha cubierto

el sitio, vivo, que has dejado, muerto”.

Pero la imaginación es la gran licencia de la literatura. Lolo Soler no murió aquel día. Acaso Miguel no quiso parar el caudal de sensaciones de aquella visión y fantaseó con la trascendencia de la muerte. Qué paradoja. Años después, Lolo Soler también estaría en la prisión de Alicante y en 1993 recordó una triste realidad, muda y sin versos imaginarios, cuando formando en el patio, con el resto de los presos, vieron pasar el ataúd que se llevaba una vida sensible entre la escasez, el sufrimiento, el compromiso social y la tragedia que también vivió en el centro del campo, repartiendo juego entre sus compañeros, abriendo ataques, cerrando ofensivas extrañas y componiendo himnos para su equipo, quizás teniendo en cuenta la frase de uno de sus grandes amigos, José María de Cossío, que escribía que “de un lado está la vida y de otra el juego, como de una parte está la naturaleza y de otra el arte”.

miércoles, 12 de octubre de 2016

El Racing y la magia de la televisión

Equipo de la primera retransmisión televisiva
Redujo el campo de fútbol a una pequeña pantalla, pero en vez de achicarlo, lo engrandeció hasta límites insospechados, colándose en nuestros hogares y multiplicando con la repetición de las imágenes los escasos momentos de belleza de un partido.

La televisión llegó a España como la novedad más comentada de la Feria Internacional de Barcelona de 1948, y ese mismo año, los representantes en España de la Radio Corporation of America intentaron realizar una retransmisión de una corrida de toros en la Plaza de Vista Alegre de Madrid. Pero la experiencia fue un desastre. Las deficiencias del voltaje lo hicieron imposible y los telespectadores de los 17 receptores que se exhibieron en el Círculo de Bellas Artes de la capital, exigieron la devolución de las 15 pesetas que costaba la entrada para ver las maravillas del invento.

Pero seis años después, también en Madrid, se consiguió la proeza de tomar planos de la Gran Vía y verlos a la perfección a pocos kilómetros, en el lugar que pronto sería sede de TVE, en el Paseo de la Habana. Aquellas pruebas, que constituían el embrión de la televisión pública en España, tenían que ser confirmadas con la retransmisión de un acontecimiento al aire libre, y se eligió un partido de fútbol.

Real Madrid-Racing

El 24 de octubre de 1954, en Chamartín, meses antes de que cambiara su nombre por el del hegemónico Santiago Bernabéu, las cámaras de televisión retrasmitieron el partido de Liga entre el Real Madrid y el Racing, con los comentarios de Juan Martín Navas que acompañaron las primeras imágenes televisivas de fútbol en España. Por el Racing saltaron al terreno de juego Ortega; Gómez, Barrenechea, Bermúdez; Santín, Vázquez; Magritas, Moro, León, Sobrado y Arsuaga. Entre los jugadores del Real Madrid lo hicieron varios exracinguistas: Marquitos, Joseíto, Miguel Muñoz y Gento. El equipo cántabro, plantado en el terreno del último campeón de Liga, aspiraba a conservar el valioso empate a cero. Y lo estaba consiguiendo. El dominio blanco era insistente, pero no se creaban oportunidades. Barrenechea, el central racinguista, se sentía todopoderoso en las cercanías de su área, no en vano el seleccionador nacional le venía observando en los últimos partidos. Moro respiraba en la nuca de Alfredo Di Stéfano convirtiéndole en un futbolista vulgar, aunque en las gradas preferían deducir que Di Stéfano jugaba enfermo. Faltaban veinte minutos para terminar el partido cuando Lesmes colgó un balón en la puerta del Racing y Ortega despejó de puños. Sin dejar caer el balón, Gento interrumpió el despeje empalmando un potente disparo que se coló por el ángulo contrario mientras el defensa Barrenechea intentaba detenerlo con la mano. Fue un golazo de Gento con el pie derecho que hizo exclamar por primera vez a un comentarista de televisión el grito de ¡gol!, el primero que recogía aquella nueva tecnología. El equipo montañés se vino abajo y Muñoz y Rial sumaron el definitivo tres a cero con el que finalizaría el partido.


Pionero en Segunda División

El Racing no sólo fue uno de los dos protagonistas de la primera retransmisión en directo de un encuentro de fútbol en España. También lo fue de un partido de Segunda División, cuando el 20 de mayo de 1973, ante la presencia de las cámaras de TVE, los Campos de Sport fueron escenario del partido contra el Real Murcia que supuso la culminación de aquel inolvidable equipo de los bigotes que ya había logrado matemáticamente el ascenso a Primera, y que entonces formaría con Santamaría; De la Fuente, Chinchón, Portu; Sistiaga, Santi; Martín (Docal), Barba, Aitor Aguirre, Pedro Amado y Sebas. El partido finalizaría con empate a cero.

Redujo el campo de fútbol a una pequeña pantalla, pero en vez de achicarlo, lo engrandeció hasta límites insospechados, colándose en nuestros hogares y multiplicando con la repetición de las imágenes los escasos momentos de belleza de un partido. Y en sus comienzos, el Racing participó de la magia de aquel invento que supuso un antes y un después del bienestar de la sociedad moderna y un antes y un después del desarrollo del deporte rey.

viernes, 7 de octubre de 2016

Pancho Cossío, el racinguista de la plaza de Pombo

Pancho Cossío
Su busto lleva más de veinte años vigilando la plaza, acaso resignado por el agobio de las palomas, pero atento al devenir de los transeúntes que en sus ajetreos parecen llevar consigo el paso del tiempo. Desde su posición de bronce, casi puede ver la placa que se colocó en su portal de la calle Gómez Oreña para indicar que en aquella casa nació el famoso pintor Pancho Cossío. Pero no son los artistas quienes le llevan flores cada 23 de febrero.

Francisco Gutiérrez Cossío, más conocido como Pancho Cossío, fue un deportista consumado, con el mérito de estar limitado por un accidente que sufrió de niño en Renedo de Cabuérniga, donde trascurrieron sus primeros años de vida. Ocurrió cuando su madre, distraída con la presencia del chiquillo, le fracturó el pie izquierdo con una mecedora. Los médicos no pudieron evitar la secuela de una cojera que le impediría correr, y por lo tanto jugar al fútbol, así que en referencia a la práctica deportiva, fueron la natación y la vela sus actividades favoritas.

Amante del fútbol y fundador del Racing

Sin embargo, el fútbol fue una referencia importante de su juventud y de su relación de amistad. Cuando los amigos que vivían en el entorno de la Plaza de Pombo decidieron formar un equipo con el nombre de Racing, también contaron con él. Además, Pancho guardaba una excelente relación con Ángel Sánchez Losada, el primer presidente del club, debido a que habían coincidido en la academia de pintura donde ambos estudiaban, de tal manera que Pancho formó parte de la primera directiva del equipo como tesorero.

Cossío muy pronto se dedicaría a la pintura, su verdadera vocación, y después de haber contribuido a la creación del Racing, marcharía a Madrid en 1914, donde asistiría a las clases de pintura impartidas por Cecilio Pla hasta 1918. Celebró su primera exposición en el Ateneo de Santander en 1921, y luego se marchó a París, donde conoció a varios artistas del momento que marcarían su trayectoria, y en donde coincidiría con otros pintores cántabros, como María Blanchard, César Abín y Santiago Ontañón. En Francia también se aficionaría al cine, tomaría contacto con Luis Buñuel y participaría como actor en algunas películas. Al regresar a España en los años treinta, Pancho se dejó llevar por la locura política del momento y colaboró en la fundación de las J.O.N.S. (Juventudes Obreras Nacional Sindicalistas). También formó parte del grupo de la revista ‘Proel’, donde colaboraban sus amigos, participando en su nominación y con artículos y dibujos en las cubiertas de algunos números, como en la portada de otoño de 1946. La revista, que supuso una luz en el sombrío panorama literario de la época, incluso le dedicó un homenaje en los números 5 y 6 de agosto y septiembre de 1944.

Reconocimiento internacional

En los años sesenta, su pintura comenzó a ser reconocida internacionalmente y se prodigó en exposiciones, destacando la de la Feria Internacional de Nueva York. Nunca se olvidó de su Racing, y en las entrevistas que le realizaban, no dejaba de mencionar a su equipo. Algunas de sus declaraciones constituyen uno de los escasos testimonios sobre cómo el Racing consiguió el título de “Real”, cuando un día se acercaron al Palacio de la Magdalena y se entrevistaron con Alfonso XIII solicitándole la autorización: “Y el rey, muy impuesto de su trascendental acto, nos otorgó, sin más dilaciones, el título de Real”, comentó en 1961 en el diario ‘Pueblo’.

Falleció en su casa de Alicante el 16 de enero de 1970 y fue enterrado en Ciriego, en el Panteón de Hombres Ilustres de Santander. En 1994, el ayuntamiento democrático de Santander le dedicó el busto de la plaza de Pombo con motivo del centenario de su nacimiento, fechado el 20 de octubre de 1894, aunque mi amigo José Manuel Holgado, hurgando en el registro civil y en su acta de defunción, ha descubierto que nació el mismo día y el mismo mes, pero de 1889, que es la que suponemos correcta, achacando el error a la humana y coqueta costumbre de quitarse años, que como señalan algunos biógrafos, tenía el genial pintor.

Su busto lleva más de veinte años vigilando la plaza, atento al devenir de los transeúntes que en sus ajetreos parecen llevar consigo el paso del tiempo. Pero no son los artistas quienes le llevan flores cada 23 de febrero. Son y somos los racinguistas, dispuestos a mantener la tradición de honrar a uno de los fundadores del club en un lugar emblemático que no queremos que desaparezca, por la salud y el bien de nuestra memoria histórica.

lunes, 3 de octubre de 2016

El aristócrata que quiso cambiar el mundo

Pierre Fredy, balón de Coubertin
Nació aristócrata en una familia monárquica, pero se hizo republicano. Era francés, pero admiró el estilo de vida anglosajón. Tuvo un ideal para anticipar el orden de la vida por el espíritu deportivo, y siempre lo mantuvo firme como bandera de su destino. Asumió que el sueño estaba en él, y que el obstáculo para su cumplimiento, también. Por eso superó la incomprensión, la envidia, la calumnia y la ingratitud con la fuerza de su entusiasmo, siempre joven. Porque nadie envejece al cumplir años, sino por abandonar sus ideales.

Pierre Fredy, barón de Coubertin (París, 1863-1937) fue un rebelde que quiso cambiar el mundo. No quiso seguir los pasos de su familia adinerada y rechazó la carrera militar y la diplomática, quedando hipnotizado por la educación que los británicos daban a sus jóvenes por medio del deporte. Aficionado al ciclismo y al remo, aunque también practicante ocasional de esgrima y tenis, quedó prendado por la experiencia de Thomas Arnold en la Escuela de Rugby y decidió encomendar su vida al estudio de la pedagogía para cambiar una rígida y estricta sociedad por medio de los ejercicios físicos. Estaba convencido de que los jóvenes de su tiempo vivían encerrados en aulas empapeladas con viejos libros, cuando lo que necesitaban era movimiento constante en prados, ríos y bosques. Por eso se rebeló contra aquella educación que llegó a calificar de “sedentarios culos de silla”.

Un nuevo modelo de educación

Desengañado de los políticos, intentó convencer a la sociedad francesa para construir un nuevo modelo de educación que alejara el pesimismo de una nación derrotada por los ejércitos prusianos, pero en sus viajes por Europa y América comprendió que su proyecto tenía que ser universal y sin distinción de clases sociales. En aquel ideal se cruzó otra de las materias de las que era un apasionado, la historia. Los restos arqueológicos que alemanes y franceses estaban descubriendo en la vieja Olimpia, renovaron el interés por los Juegos Olímpicos, y el 25 de noviembre de 1892, en una conferencia que pronunció en el claustro de la parisina Sorbona sobre ‘los ejercicios físicos en el mundo moderno’, lanzó su ambicioso proyecto de restablecer los Juegos Olímpicos de la antigua Hélade. Dos años después, por medio de la Unión de Sociedades Francesas de Deportes Atléticos que había contribuido a crear, convocó un congreso internacional del que surgiría el Comité Internacional Olímpico y la decisión de celebrar los Juegos cada cuatro años en ciudades de países diferentes. Después de sortear innumerables problemas y críticas, logró poner en marcha su proyecto en Atenas, en 1896. Coubertín sería el alma, el motor, el ideólogo, el ejecutor y el proyectista de esa gran aventura que hoy es una realidad inmensa: los Juegos Olímpicos de la era moderna.

Un auténtico luchador

Pero arrancar no era suficiente garantía de continuidad. Tuvo que seguir luchando y empujando. Se dejó en ello su fortuna y su patrimonio personal. Además, la incomprensión que recibió por parte de algunos de sus compatriotas, las tensiones políticas y la Gran Guerra, fueron constantes pruebas a su perseverancia. Pero como él mismo decía: “El buen luchador retrocede pero no abandona. Se doblega, pero no renuncia. Si lo imposible se levanta ante él, se desvía y va más lejos. Si le falta el aliento, descansa y espera. Si es puesto fuera de combate, anima a sus hermanos con la palabra y su presencia. Y hasta cuando todo parece derrumbarse ante él, la desesperación nunca le afectará”.

Su corazón, en Olimpia

Coubertin fue un ejemplo de esa constancia. Mantuvo vivo ese fuego olímpico que aún hoy alumbra y calienta nuestra época. En su vejez, a bordo de una yola, no dejó de remar en las aguas del lago de Mirville, o en el puerto de Ouchy, en las orillas del lago Léman, hasta que la muerte le sorprendió en los jardines del parque de la Grange, en Ginebra, en el otoño de 1937. En su testamento dejó escrito que su cuerpo descansara en Suiza, nación que le dio cobijo a él y a su proyecto olímpico, aunque estableció que su corazón fuera llevado al mítico santuario de Olimpia. Y allí, embalsamado, en una pequeña caja, dentro de un monumento dedicado a su persona, late ese corazón aristócrata que aún bombea el gigantesco ideal de los Juegos Olímpicos, un ideal para anticipar el orden de la vida por el espíritu deportivo que ha sabido superar la incomprensión, la envidia, la calumnia y la ingratitud para cambiar el mundo con la fuerza del entusiasmo.

martes, 20 de septiembre de 2016

El primer magnífico

Pagaza
Son siete. Como las siete maravillas del mundo, o los siete magníficos. Y como aquellos pistoleros salvadores de un pueblo oprimido, deberían evocarse con la música que Elmer Bernstein escribió para la famosa película. Siete hombres extraordinarios, siete jugadores fantásticos que sobresalieron entre los ya privilegiados futbolistas que tuvieron el honor de vestir la camiseta del Racing. Los siete son los únicos que jugaron en la selección nacional española absoluta de fútbol con la feliz circunstancia de que lo hicieron siendo futbolistas del Racing, no del Real Madrid, ni del F. C. Barcelona, ni del Atlético de Madrid… Eran futbolistas del Racing. Sus nombres (que suene esa música, por favor) son: Francisco Pagaza, Óscar Rodríguez, Enrique Larrínaga, Fernando García, Rafael Alsúa, Pedro Munitis y Salva Ballesta.

Entre esos siete magníficos, el primero de ellos, Francisco Pagazaurtundúa González (Santurce, 1894-1958) introduce al Racing en uno de los acontecimientos históricos más importantes del fútbol español: la creación de su selección nacional.

Los Juegos Olímpicos

Acabada la I Guerra Mundial, los Juegos Olímpicos de 1920, en Amberes (Bélgica), celebraron la reanudación de la paz entre las naciones. España hizo un gran esfuerzo para presentar deportistas al acontecimiento, de tal manera que logró incluir al mayor número de participantes hasta entonces, un total de 59, entre ellos los 22 del equipo de fútbol que se había creado para la ocasión. El 28 de agosto de 1920, en el estadio La Butte de Bruselas, bajo una fina lluvia, saltaron al terreno de juego los primeros futbolistas que representaron a España en una competición: Zamora; Otero, Arrate; Samitier, Belauste, Eguizábal; Pagaza, Sesúmaga, Patricio, Pichichi y Acedo.

La selección española inició con este partido su camino para conseguir la medalla de plata, ya que ganó por uno a cero a la selección de Dinamarca. El racinguista Pagaza tuvo su protagonismo en el gol de la victoria. La crónica de Manolo de Castro (‘Handicap’) en ‘Madrid-Sport’, relata que “Pagaza recoge un pase de Belauste, corre la línea como un gamo, se interna, ‘shoota’ fuertemente, el portero devuelve con dificultad, y el mismo Pagaza recoge de nuevo el pelotón en la línea de ‘goal’, para centrar suave hacia atrás, y Patricio, que venía arreando a gran tren, ‘shoota’, sesgado y raso, con la derecha, por la izquierda de Hansen, a la esquina de la red”. Así se marcó el primer gol de la selección española de fútbol. Pagaza jugó cinco de los seis partidos que la selección disputó en los Juegos Olímpicos, y a su regreso a Santander, el Racing le ofreció un homenaje de reconocimiento por el éxito deportivo.

Ambiente familiar acomodado

Quizás el ambiente familiar de Pagaza no era el propicio para que se convirtiera en jugador de fútbol. A diferencia de otros muchos futbolistas, su familia gozaba de cierto poder adquisitivo y acomodo social. Era el mayor de los tres hijos del arquitecto bilbaíno Emiliano Pagazaurtundúa, y de Amalia González, que era profesora de piano en el Conservatorio de Música de Madrid. En este ambiente, Pagaza fue uno de esos afortunados que, después de acabar los estudios básicos en la localidad vizcaína de Orduña, tuvo ocasión de estudiar en Inglaterra, donde jugó al fútbol en varios equipos juveniles.

Con el tesoro de su experiencia inglesa, en 1912 comenzó a jugar en el Arenas Club de Guecho, uno de los grandes del Campeonato del Norte. En el Arenas estuvo hasta 1920, aunque en la temporada 1916-17 jugaría en el Athletic Club de Madrid. Tenía amigos en Santander y solía venir a la ciudad a jugar partidos amistosos. Fue uno de los hombres del Arenas que en 1919 arrebató el título de campeón del Norte a los racinguistas. Con el club vizcaíno, ese mismo año se proclamaría campeón de la Copa del Rey. Al año siguiente, se incorporó al Racing, manteniéndose hasta 1926, con el paréntesis de jugar con la Real Sociedad Gimnástica de Torrelavega la temporada 1923-24. Marcó 7 goles en los 34 encuentros que jugó con el Racing. Después de su etapa en Santander se marchó a Madrid a defender los colores del Racing Club de Madrid, donde se retiraría como jugador en 1927.

Pagaza, entrenador

No se despegaría del fútbol, porque continuó ejerciendo como entrenador. Después de haber dirigido a equipos como el santanderino Eclipse F. C., Real Sporting de Gijón y Racing Club de Sama, Pagaza se incorporó a la disciplina del Racing Club de Santander en la temporada 1929-30, cuando el equipo montañés ya había estrenado la Primera División. Luego entrenó al C. A Osasuna para regresar al Racing en la temporada 1932-33, y después de haber dirigido al R. C. D. Mallorca, de nuevo se vino a Santander para gestionar la crisis de juego del Racing (entonces Real Santander) en la temporada 1941-43, con el triste resultado de descender por primera vez a Tercera División. Luego entrenaría al Hércules C. F. y al C. D. Numancia, este último equipo en Segunda División, cuando en la temporada 1949-50 coincidió con el gran Racing que recuperaría la división de honor. El equipo soriano de Pagaza sería el que acabó con la racha de trece victorias consecutivas de aquel legendario equipo liderado por el ímpetu y genialidad de Rafael Alsúa. Los racinguistas perdieron aquel día por el resultado de dos a uno.

Tras regresar de presenciar un encuentro de fútbol en Bilbao, falleció en Madrid el 18 de noviembre de 1958. El Racing celebró una misa en su memoria, mientras que en su localidad natal, Santurce, le rindieron homenaje poniendo su nombre a una calle.

Son siete. Como las siete maravillas del mundo, o los siete magníficos. Siete hombres extraordinarios, siete jugadores fantásticos que sobresalieron entre los ya privilegiados futbolistas que tuvieron el honor de vestir la camiseta del Racing. Los siete son los únicos que jugaron en la selección nacional española absoluta de fútbol con la feliz circunstancia de que lo hicieron siendo futbolistas del Racing. El primero de ellos fue Pagaza, que introdujo al club cántabro en uno de los acontecimientos históricos más importantes del fútbol español: la creación de su selección nacional y su éxito en Amberes. Pagaza vivió en la Gran Vía madrileña, justo en frente del hotel Amberes, cuyas luces veía desde su ventana, acaso para insinuarle que el nombre de esta ciudad belga y olímpica le acompañaría siempre.

jueves, 15 de septiembre de 2016

El ‘Cuco’ y las primeras regatas

Un balandro de la época en la bahía de Santander
Viento, mar y salitre; telas que se estiran y proas de madera que cortan las olas. El agua salpica las pieles curtidas y el vaivén de la cubierta no puede romper el equilibrio de los pies anclados y las manos sujetas al timón.

El placer de navegar por navegar ya se ha metido en la sangre de los jóvenes de Santander. Cuarenta y dos de ellos crearon el Club de Regatas y comenzaron su actividad. Poco a poco, se puso en liza a remeros y tripulantes de botes a vela. Y fueron aparecieron barcos que lucirían en su palo el grimpolón del Club de Regatas. El ‘yachting’ se estaba poniendo de moda y en Santander se botaría el más grande balandro de recreo de la costa cantábrica. Arqueando unas doce toneladas, duro y marinero, su dueño, José Abascal, quiso construirle en la ribera de El Astillero, donde se hicieron las famosas naves de guerra, y que le bautizara el mismo sacristán de la catedral, Ciriaco Rubio, con aquel nombre tan peculiar y santanderino: El ‘Cuco’.

El ‘Cuco’ obtuvo los primeros éxitos de la vela santanderina. En 1883, cruzó apuestas con otros barcos bilbaínos para hacer el trayecto Santander-Bilbao y Bilbao Santander en menos tiempo, pero un enorme temporal dejó a los barcos vascos sin botalón ni botavara, arrastrándolos a la deriva. El ‘Cuco’ eludió los destrozos, pero la apuesta quedaría en pie. Al año siguiente, la prensa se volcó en la organización de una regata en Santander que se celebró el 29 de julio. Participaron barcos cántabros y vizcaínos. Ganó el ‘Cuco’ ante el vuelco del ‘Montebello’.

La más reñida

Pero la más reñida de todas aquellas primeras regatas fue la que se celebró el 2 de agosto de 1885, también en Santander, entre barcos santanderinos y bilbaínos. La flota cántabra estaba compuesta por el ‘Cuco’, el ‘Marina’ el ‘Ana María’ y el ‘Anita’, mientras que los vascos contaban con el ‘Felicia’, el ‘Chirta’, el ‘Montebello’ y el ‘Esperanza’. Era una prueba de seis millas. Para su organización, se habían preparado dos embarcaciones de apoyo, ambas de la ‘Corconera’, empresa de vaporcitos de la bahía que se distinguían por su número y prestaban varios servicios.

El disparo de cohetes anunció la salida del Corconera número 7, a bordo del cual iba el jurado y los socios del Club de Regatas. Luego lo haría el Corconera número 6, también llamado ‘Hércules’, por ser el más grande de todos, y que partiría engalanado de banderas y gallardetes, llevando a un público selecto, entre los que se encontraban hermosas e intrépidas damas, y a la banda municipal, que en proa tocaba varios números musicales. Toda la línea de la costa estaba llena de curiosos, algunos provistos de gemelos para seguir la regata.

Desde el Corconera número 7, colocado a sotavento de la boya, se hicieron las señales de prevención y salida. Y con viento del Nordeste, los barcos partieron a las tres de la tarde. El número 7 cruzaba en todas direcciones para auxiliar a los veleros que lo necesitaran, mientras que el número 6, se mantenía en la entrada de la bahía, como espectador. En él habían embarcado algunos periodistas, entre ellos José Estrañi, director de ‘El Cantábrico’ y famoso pacotillero.

El periodista asustado

A media regata, el viento dio un cambiazo y sopló de Noroeste, sorprendiendo a algunas embarcaciones. Hubo mucha igualdad y muchos nervios, no tanto entre los balandros que participaban, como en el Corconera número 6, donde Estrañi, nacido en Albacete y con escasa experiencia en asuntos de la mar, estaba más pendiente de las maniobras del patrón, señor Bohigas, que la de los barcos que entraban en el regateo, porque asustado por los cohetes que se lanzaban desde el barco, corría de proa a popa, o viceversa, como pollo sin cabeza. Dicen que uno de los cohetes salió culebreando en otra dirección y pasó rozando una de las orejas de Estrañi que tardaría mucho en recuperarse del soponcio. Acaso por eso el resultado de la regata fue incierto. Unos, como ‘El Aviso’, aseguraron que el ganador fue el ‘Cuco’, mientras que otros hablaron de una discutida decisión por el puesto de honor entre el ‘Cuco’ y el ‘Chirta’ que causó polémica y algo más, porque hubo bronca en el barrio de pescadores entre cántabros y vizcaínos (llegados éstos para vender su pesca), esgrimiendo ambas partes los remos como arma de combate.

Al final todo quedó en concertar una apuesta entre el ‘Cuco’ y el ‘Chirta’ a base de salvar en menos tiempo la distancia entre las dos barras de Bilbao y Santander. Pero nadie supo nunca cómo terminó aquella discusión.

Viento, mar y salitre; telas que se estiran y proas de madera que cortan las olas. El agua salpica las pieles curtidas y el vaivén de la cubierta no puede romper el equilibrio de los pies anclados, excepto los de José Estrañi, que sigue corriendo de proa a popa, o viceversa, como pollo sin cabeza, sin prestar atención a la gloria del balandro más victorioso y formidable del Cantábrico: el ‘Cuco’.
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