lunes, 13 de marzo de 2017

Aparicio, la pesadilla de Zarra

El gol se sueña. Es el primer entrenamiento del delantero. Orbita en el deseo de su subconsciente aliviando la fatiga de su constante búsqueda y de su anhelo irracional e incontrolable. El delantero sueña con el gol con los ojos cerrados, vuela por el campo alcanzando todos los balones, se estremece cuando las redes de la portería reciben sus remates y hasta, en un acto de bondad infinita, se compadece del portero y de los defensores batidos.

Pero a veces, el sueño de Telmo Zarra se queda atado a la frustración. Nota como alguien le sujeta de la camiseta, le impide moverse con la agilidad onírica que acostumbra y despierta enojado protestando de esa sombra que se anticipa a su pensamiento. Es la pesadilla de siempre, la pesadilla de Alfonso Aparicio.

Un empate histórico

Hacía frío en Madrid aquel 29 de enero, cuando Zarra y Aparicio se movían en el campo del Metropolitano como una pareja de baile mal avenida. Aquel encuentro de la temporada 1949-50 entre el Atlético de Madrid y el Athletic Club de Bilbao, encendió muy pronto la llama de los goles, elevando la temperatura. En el minuto 69, Iriondo había marcado el sexto gol de su equipo y el tercero de su cuenta particular, dejando el marcador en un seis a tres que dejaba claro que la victoria estaba sacando billete para ir a Bilbao. Pero Alfonso Aparicio, el gran defensa cántabro, comenzó a empujar a sus compañeros hacia la recuperación de la fe. Abandonó el marcaje de Zarra y se fue al ataque como un delantero centro, arrastrando la voluntad de todo su equipo.

Helenio Herrera se desesperaba en el banquillo, sobre todo porque no veía frutos en aquella osada e improvisada avalancha de sus pupilos. Por fin se señaló un penalti que convirtió en gol Ben Barek (4-6) en el minuto 84. Aunque no había demasiado tiempo, los madrileños renovaron su ímpetu, robaron la pelota tras el saque de gol de los vizcaínos, y un minuto después, Calsita anotó el 5-6. Todo era posible. Cuando los relojes marcaban el minuto 89, Alfonso Aparicio, acaso sintiéndose responsable de tanto gol encajado, se lanzó al centro de Mencía como un poseso y marcó de cabeza el último gol. El resultado de aquel partido sigue siendo el empate con más goles que se ha producido en la Liga española.

Seguidor del Racing

Alfonso Aparicio (Santander, 1919-1999) tenía ocho años cuando vio su primer partido en los Campos de Sport de El Sardinero. Creció como seguidor racinguista y con unas irrefrenables ganas de jugar al fútbol, iniciándose en los patios de recreo del antiguo colegio de los Agustinos de Santander. También jugó en los equipos del Daring Club y el Magdalena. Era tanta su afición y deseo por jugar, que en el Unión Juventud Sport de Santander llegó a pagar dinero por hacerlo, pero fue por poco tiempo, porque la guerra del 36 lo cambió todo.

Se alistó voluntario en el cuerpo de Aviación, algo que sería decisivo en su carrera futbolística. En Salamanca, zona de retaguardia, se creó en 1937 un equipo con los militares de este cuerpo, donde coincidiría con otros grandes futbolistas como el santanderino Germán o el torrelaveguense Fernando Sañudo. Cuando se reanudó el Campeonato de Liga en 1939, el denominado Club Aviación Nacional se fusionó con el Athletic de Madrid para poder participar en la competición, y el entrenador, el legendario Ricardo Zamora, contó con aquel mocetón de 1,80 metros de altura para el proyecto de su equipo, el Club Atlético Aviación, que ganó las dos primeras Ligas de posguerra.

Declarado en rebeldía

En 1942, y debido a unos desacuerdos económicos, Aparicio fue declarado en rebeldía. Las costumbres se habían militarizado en el club rojiblanco, y las reclamaciones del jugador no sirvieron de nada. Fue suspendido por dos años y medio y se marchó a Santander exiliado, pero no perdió su forma física porque continuó entrenando con el Racing. El exilio en su ciudad de nacimiento duró unos dos años, y estuvo a punto de fichar por el club cántabro. Sin embargo el problema con el Atlético de Madrid se resolvió y la incorporación oficial de Aparicio al Racing no pudo llevarse a cabo, aunque sí jugó algunos partidos amistosos con la camiseta racinguista.

Con Helenio Herrera como entrenador consiguió otros dos títulos de Liga. En 1951 abandonó el Atlético de Madrid para jugar sus últimas campañas en el Boavista de Oporto, equipo que llegó a entrenar. Aparicio fue uno de los primeros que jugó de defensa central, ya que hasta entonces sólo había dos defensas laterales, y el sistema de la WM se iba introduciendo en España. Aquella nueva forma de entender el fútbol también contribuiría a que se convirtiera en la pesadilla de Telmo Zarra, despertándole de sus sueños de gol y enojándole como sombra que siempre se anticipó a su pensamiento.

sábado, 25 de febrero de 2017

El Racing del himno de Riego

Firmes y alineados ante las autoridades, Solá, Pico, Mendaro, Ceballos, Baragaño, Larrinoa, Santi, Ibarra, Óscar, Larrínaga y Cisco intentan cantar en el campo del Velódromo de Vincennes con la misma entereza que sus rivales del Wolverhampton Wanderers de Birmingham. Un cronista español afirmaría de los ingleses que “escucharon el Dios salve al Rey, rígidos, religiosos, como una tripulación sobre la cubierta de un acorazado”. Más inseguros y disonantes, la mayor parte de ellos improvisando sonidos que disimulaban el desconocimiento de la letra, los racinguistas, apoyados por un disco que trajeron a requerimiento telegráfico de los organizadores, lograron entonar aquel nuevo himno: “Soldados, la patria/ nos llama a la lid,/ juremos por ella/ vencer o morir…”.

Subcampeones

Hacía poco más de un mes que estos mismos jugadores se habían proclamado subcampeones de Liga. Lástima de aquel triple empate que les colocó detrás del Athletic Club de Mr. Pentland. Entonces el equipo se pronunciaba con cierto aire solemne y señorial: Real Racing Club, pero el 14 de abril de 1931 se proclamó la II República, y las cosas cambiaron.

El Torneo Internacional de París

Había más de diez mil personas en el velódromo que sabían que el equipo favorito del Torneo Internacional de Fútbol de la Exposición Colonial de París era precisamente el conjunto inglés. También participaban, además del Racing santanderino, el First de Viena F. C. (Austria), el Royal Antwerp F. C. (Bélgica), el Urania Ginebra Sport F. C. (Suiza), el S. K. Slavia de Praga (Checoslovaquia), el Club Français (Francia) y el Racing Club de París, equipo organizador junto con los diarios ‘Excelsior’ y ‘Le Petit Parisien’. Pero los ingleses eran los ingleses. Los jugadores cántabros no se dejaron impresionar por la reputación y profesionalidad de sus adversarios, aunque éstos parecían desenvolverse en el aguacero del campo mucho mejor. En uno de sus avances, el delantero centro del Wolver, Hartill, fue objeto de un claro penalti que lanzó Lawton, pero el portero racinguista, Cristóbal Solá, despejó el disparo enviando el balón a córner. El público, que parecía frío y distante, comenzó a aplaudir y a entusiasmarse, dando muestras de claras simpatías por los españoles. En la banda derecha, Santi comenzó a internarse con cierta facilidad, aunque Óscar, el delantero centro, era el hombre más peligroso del Racing y el que más murmullos levantaba cuando tocaba la pelota. El gol se presentía, y llegó tras una bella ofensiva conducida por Óscar que culminó Larrínaga rematando raso y cerca del poste. Antes de que se llegara al descanso, Óscar hizo gala de la potencia de su chut anotando otro tanto. En la segunda parte, los ingleses fueron más ofensivos y acortaron distancias gracias a un gol de Bottril. Pero los racinguistas consiguieron equilibrar los empujes de sus rivales y a falta de cinco minutos para el final, una mano del defensa Lawton provocó otro penalti que Baragaño aprovechó para establecer el tres a uno.

Excelentes críticas

El periodista del diario Excelsior de París, André Glarner, escribió una crónica donde decía que los santanderinos habían hecho “el mejor fútbol que nunca se había visto en París”, y el presidente del club inglés, durante el lunch que posteriormente organizaría ‘Le Petit Parisien’, con la presencia del máximo dirigente de la Federación Internacional, Jules Rimet, afirmaría que “ha ganado el mejor pero, con franqueza, ni remotamente suponíamos la clase de que el Racing de Santander ha dado muestras”.

El Racing de la joven República española había causado excelentes impresiones entre los críticos internacionales el mismo día en que por primera vez se mostraba en el extranjero su bandera tricolor. Fue un equipo de Santander el que se encargaría de izarla victoriosa aquella tarde parisina del domingo, 8 de junio de 1931, aunque sus jugadores sólo supieron cantar el himno de Riego jugando, sobre la hierba mojada, “serenos, alegres, valientes, osados…”, logrando con su fútbol que se les contemplara como “los hijos del Cid”.

jueves, 16 de febrero de 2017

El nombre de un estadio

Dicen que nadie muere si se pronuncia su nombre, como si se evocara el alma con el exacto orden de las letras y surgiera, como la vida misma, la esencia más profunda del lenguaje. El nombre de Vicente Calderón, para muchos simplemente el nombre mil veces repetido de un estadio de fútbol, ha comenzado a diluirse con la puesta en marcha del nuevo estadio del Atlético de Madrid, pero como decía Saramago en su ‘Ensayo sobre la ceguera’, “dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre y eso es lo que realmente somos”. 

El hombre

Sí, es cierto. Vicente Calderón Pérez-Cavada es algo más que el nombre de un estadio. Nació en Torrelavega (Cantabria) el 27 de mayo de 1913. Sus padres, Raimundo y Benita, tuvieron seis hijos, de los que Vicente fue el menor. Estudió en Santander, en el colegio Salesianos, donde guardaría un entrañable recuerdo, aunque el padre don Rómulo a veces solía castigarle con la pena que más le dolía, quedarse sin jugar al fútbol. Jugaba de delantero centro en el colegio y su equipo favorito era el Racing. Una de las anécdotas que contaría a su amigo y periodista, Juan Hernández Petit, fue cuando acudió a los Campos de Sport, con la elegancia de los domingos de la época, para ver un partido del Racing contra el Athletic Club de Bilbao, y un inesperado chaparrón le encogió el traje recién estrenado, siendo centro de las burlas de varios amigos. 

A los 15 años dejó el colegio y tuvo que ponerse a trabajar para ayudar económicamente a su familia. Fue botones y repartidor de una droguería y de una sastrería en Santander, y con parte del dinero que ganaba, pagaba a un profesor que le daba clases por la noche. Intentó abrirse camino acudiendo a Madrid, a casa de su tía Josefa, aunque pronto regresaría a Santander. Poco después, cuando tenía veinte años, morirían sus padres. Durante la guerra civil se casó con María de los Ángeles Suárez, con la que se instalaría en Madrid y con la que tendría cuatro hijos: Vicente, María de los Ángeles, Paloma y Yolanda

Su primer negocio

Su primer negocio fue una pequeña fábrica de velas y cola de pegar, y como escaseaban los elementos grasos, tuvo que importar velas desde Canarias. Sus contactos en el archipiélago le derivaron a África. Más tarde sus negocios prosperarían y se diversificarían, llegando a presidir varios consejos de administración de construcciones inmobiliarias, industrias químicas, barcos de pesca, industrias del frío y exportación de zumos de frutas. 

En Madrid comenzó a vivir cerca del estadio del Metropolitano y continuó manteniendo su afición al fútbol, llegando a ser socio de varios clubes, entre ellos del Real Madrid y del Atlético de Madrid. Fue la cercanía del Metropolitano y la presencia de varios jugadores cántabros en el club rojiblanco, como Germán, Aparicio o Manín, lo que inclinaría su apego hacia este equipo, aunque decidió aceptar el compromiso como dirigente tras la muerte de su esposa, ocurrida en 1963, en parte para olvidar el dolor de su ausencia. 

El Atlético de Madrid y su nuevo campo

Entonces el Atlético de Madrid tenía como objetivo la construcción de un nuevo campo junto al Manzanares cuyas obras comenzaron en 1959, pero el proyecto estuvo a punto de hundirse en 1961, cuando el ayuntamiento ordenó paralizar las obras. En 1964, Vicente Calderón accedería a la presidencia del Atlético de Madrid apoyado por Manuel Olalde y un grupo de directivos. Su incorporación fue decisiva para desbloquear las múltiples trabas que impedían la construcción del estadio que se inauguró el 2 de octubre de 1966. En 1971, la Asamblea General del club, como reconocimiento a la labor de su presidente, decidió bautizarlo como ‘Vicente Calderón’, y tras completar una remodelación, se reinauguró en 1972 con un partido de la selección española contra la de Uruguay. Dimitió de su cargo el 16 de junio de 1980, entrando el club en una fase complicada, con la polémica presidencia del doctor Alfonso Cabeza y tres presidentes provisionales, hasta que regresó en 1982, manteniéndose en la presidencia del club hasta su muerte, el 24 de marzo de 1987. 

El presidente más importante

Calderón ha sido el presidente más importante del Atlético de Madrid. En sus 21 años al frente del mismo consiguió cuatro Ligas, cuatro Copas y una Copa Intercontinental tras ser subcampeón de Europa. Además, aumentó en más de 50.000 el número de socios, impulsó las secciones deportivas de la entidad y proporcionó prestigio y categoría al equipo en todo el mundo. 

El esqueleto sin gente que ya es el ‘Vicente Calderón’ desaparecerá pronto para convertirse en otro edificio. Algunos aficionados insisten en que el expresidente dé nombre a la estación de metro de Pirámide, cerca del estadio, de la misma manera que la de Lima se cambió por la de Bernabéu. Ojalá que así sea, porque nadie muere si se pronuncia su nombre, como si se evocara el alma con el exacto orden de las letras y surgiera, como la vida misma, la esencia más profunda de este cántabro que dio nombre a un estadio.

martes, 7 de febrero de 2017

"Tener un balón, Dios mío"

Gerardo Diego
Sólo es un objeto esférico que encierra una porción de aire, pero también es un invento mágico que alguien hizo volar para esparcir su incesante llamada de búsqueda y dominio. No importará demasiado discutir sobre quién pateó una pelota por primera vez, o en dónde, o si la pelota en cuestión era de cuero relleno de estopa, de paja y cáscaras de granos, de vejiga de buey, de relleno de crines o de caucho. Lo importante es que, con un perímetro de unos setenta centímetros, es capaz de cautivar a millones de seres en todos los continentes.

Hay una hermosa frase del poeta galés Dylan Thomas, que me ayuda a introducirme en un fútbol de hace más de cien años: “La pelota que arrojé, cuando jugaba en el parque, aún no ha tocado el suelo”.

Tampoco ha terminado el partido en el que Gerardo Diego lanzó su balón de fútbol sobre los Arenales de Maliaño, un espacio surgido en Santander durante los primeros años del siglo XX, cuando las dragas de la bahía escupían arena cubriendo marisma. Aún no se había creado el Racing, pero algunos de los muchachos que más tarde se reunirían en la Plazuela de Pombo para fundar el club, ya jugaban en este lugar donde, como si fueran conquistadores de un nuevo mundo, marcaron sus huellas y porterías (con montones de ropa o palos hincados en el terreno), los primeros futbolistas de la ciudad. Entre aquellos futbolistas es muy probable que estuviera Gerardo Diego, que retuvo en su memoria aquel lugar de su niñez donde los equipos se batían con tanto entusiasmo juvenil. De aquellas vivencias alrededor de un balón de fútbol surgiría el poema incluido en su obra ‘Mi Santander, mi cuna, mi palabra’ cuyo título es “El balón de fútbol”. 


Los Arenales

En 1906, Gerardo Diego ingresó en el Instituto General y Técnico de Santander, actual Instituto de Santa Clara, donde estudiará los seis años de bachillerato. En ese tiempo, las dragas de la Junta de Obras del Puerto ya habían comenzado a crear los Arenales de Maliaño, situados en las inmediaciones de la actual calle Marqués de la Hermida, cerca del antiguo edificio de Tabacalera que hoy es Archivo Histórico y Biblioteca Central de Cantabria, y que irían extendiéndose hasta el Parque de la Marga, antaño asentamiento de una fábrica de maderas. Era un suelo perfecto para jugar al fútbol, amplio y más cercano al centro de la ciudad que La Albericia o El Sardinero, con mejores opciones para que la lluvia no almacenara charcos debido a su suelo arenoso, y con el atractivo de que era un lugar público, sin uso y muy accesible, y por lo tanto, más cómodo y barato que atender el trámite de una autorización o alquiler. De esta manera, se convirtieron en los campos preferidos de los equipos infantiles y modestos.

Aquellos equipos

Algo más de una docena de equipos, en los que se agrupaban estudiantes, vecinos de barrio, dependientes de comercio o aprendices de talleres que se retaban los domingos a jugar, frecuentaban los Arenales de Maliaño en 1907. Ese mismo año se creó el Santander F.C, de mayor entidad, que puso sus miras en el campo de la península de la Magdalena, aunque también acostumbraba a jugar en Los Arenales. Los partidos de los equipos modestos disponían de diversos niveles de formalidad que se pactaban antes del comienzo, afectando al número de jugadores (no siempre eran de once contra once) o a las dimensiones y líneas reglamentarias que, surcando la tierra arenosa, se marcaban con palos o estacas. Los mismos jugadores mandaban retos y crónicas a los periódicos locales, y gracias a su publicación podemos constatar el dinamismo futbolístico que estos campos imprimieron a la ciudad durante décadas.

Con este ceremonial jugaban en Los Arenales equipos como la Recreativa, la Tierruca, la Sportiva España, la Comercial, la Camelia, la Escolar, la Montaña, el Piquío o el Plazuela, mencionados los dos últimos en la poesía de Gerardo Diego. Uno de estos equipos, el Plazuela, que reunía a los mozalbetes que vivían en torno a la Plaza de Pombo, nos conduce al comienzo de la historia del Racing, ya que, como ocurría con la Escolar, jugaban chavales que, amantes de las palabras inglesas que revoloteaban el ‘foot-ball’, muy pronto serían fundadores del ‘Santander Racing Club’. 

El canto al balón de la infancia

Gerardo Diego nos dejó constancia de aquel fútbol con su canto al balón, un balón perseguido con rimas de infancia y recuerdo, trotando con octosílabos, salpicado de anglicismos, percibiendo olores y organizando un partido de siete contra siete. Entre sus versos hay patadas, inconvenientes, estrategias y hasta un famoso café de tertulia, el Royalty, acaso introducido por la exigencia de la rima, y que albergaba tres famosas tertulias, entre ellas la deportiva del Catastrófico, futuro embrión de las primeras peñas racinguistas. También hay un montón de añoranza y énfasis en aquellas emociones esperando la llegada del jugador que portaba la pelota. Eran instantes donde “tener un balón” significaba poder gozar y repartir el gozo multiplicándolo en el juego:

“Tener un balón, Dios mío.

Qué planeta de fortuna.

Vamos a los Arenales:

cinco hectáreas de desierto,

cuadro y recuadro del puerto…”

Sólo es un objeto esférico que encierra una porción de aire, pero también es un invento mágico que alguien hizo volar para esparcir su incesante llamada de búsqueda y dominio. Muchos de nosotros continuamos persiguiendo aquel balón que Gerardo Diego soltó sobre los Arenales de Maliaño.

sábado, 28 de enero de 2017

Cinco hermanos únicos y campeones

Son como los dedos de una mano. Todos son diferentes y complementarios, y juntos forman un mecanismo de acción íntimo, armonioso y eficaz. Dicen que los amigos son una familia cuyos individuos se eligen, pero los hermanos González Ruiz labraron una amistad fraternal más allá del ámbito familiar. Siempre juntos, siempre apoyándose, se compenetraron para formar un equipo invencible en la vida y en el deporte. Lo demostraron cuando, estudiando en Bilbao, decidieron unirse para jugar al baloncesto.

Juan, Roberto, César, Armando y Javier nacieron y se criaron en Ruiloba, lugar donde vivieron sus padres: Juan Etelvino, marino mercante y natural de Oreña, y María, natural del mismo Ruiloba. Unidos en el aprendizaje de los juegos infantiles, aprendieron a contar con los dedos de la mano: “El primero, Juan, fue a por leña; el segundo, Roberto, le ayudó; el tercero, César, frió un huevo; el cuarto, Armando, lo comió y Javier, el más pequeño, todo lo contó”.

Pioneros del baloncesto cántabro

Juntos, siempre juntos, se trasladaron a Santander para estudiar. Fue cuando comenzaron a jugar al baloncesto, descubriéndose como destacados jugadores en la década de los cuarenta, etapa en la que este deporte comenzaba a extenderse en Santander con el apoyo de las instalaciones del Frente de Juventudes de la calle Vargas, que por cierto tuvieron el honor de estrenar las primeras canastas de hormigón en España (1942). En esa década se celebraron los primeros campeonatos provinciales (1941), se creó la Federación Cántabra (1943) y surgieron equipos vinculados principalmente con los centros educativos, como La Salle, los Salesianos y el Kostka, colegios donde se matricularon los hermanos González Ruiz. Luego continuaron sus estudios en Bilbao. Juan y Roberto se prepararon para ser profesor mercantil, César estudió Derecho, Armando perito mercantil y Javier, comercio.

Campeones de Vizcaya

Y en Bilbao continuaron sus estudios sin abandonar el deporte de la canasta, practicándolo por separado en equipos como el San Fernando, el Juventud, el Santiago Apóstol o el Frente de Juventudes, hasta que la idea de formar un equipo entre los cinco hermanos se hizo realidad gracias al apoyo de la Academia Dobel, participando en el Campeonato de Primera Regional de Vizcaya. Corría el año de 1952 y el equipo fue todo un acontecimiento, porque no todos los días podía verse a cinco hermanos, en pleno estado de forma, hacer un baloncesto tan brillante. Les llamaban los marineros, porque llevaban con orgullo la profesión de su padre, capitán mercante. No perdieron ningún partido, ni siquiera hubo riesgo de que lo perdieran. Despertaron un enorme interés, recibiendo la felicitación expresa del entonces presidente de la Federación Española de Baloncesto, Jesús Querejeta. El último partido del campeonato fue como los demás. La Academia Dobel, con los cinco hermanos González Ruiz, se impuso por 43 a 32 al conjunto del Santiago, del barrio de Begoña de Bilbao y se proclamó campeón de Vizcaya. La prensa recogió aquella proeza insólita y llegó a proponer un partido homenaje en el que los hermanos se midieran en la cancha del Euskalduna ante uno de los potentes equipos vascos de la época.

Y cinco hermanas

Aquel equipo fue irrepetible, porque las lesiones y el servicio militar impidieron a los cinco de Ruiloba continuar con su unión deportiva. Años después, en 1966, Armando, activista e historiador multideportivo, tuvo la ocasión de entrenar a un equipo de baloncesto en Santander, el Horno San José, compuesto por las cinco hermanas Díez Prieto: Lica, Carmen, Elena, Esther y Mercedes. Fue una manera de evocar el espíritu de los González Ruiz.

Dicen que los amigos son una familia cuyos individuos se eligen, pero aquellos hermanos labraron una amistad fraternal más allá del ámbito familiar. Siempre juntos, siempre apoyándose, compenetrados y nacidos para formar un equipo invencible, lo demostraron en el deporte y en la vida, donde con la ausencia del mayor, siguen manteniendo ese mecanismo de acción íntimo, armonioso y eficaz, como los dedos de una mano: “El primero, Juan, fue a por leña; el segundo, Roberto, le ayudó; el tercero, César, frió un huevo; el cuarto, Armando, lo comió y Javier, el más pequeño, todo lo contó”.

domingo, 15 de enero de 2017

Joaquín Blume, el gimnasta que tocó el cielo

Sus setenta y un kilos de fibra quedaron majestuosamente suspendidos en el aire del gimnasio. Tras unas acrobacias, su cuerpo se clavó con los brazos extendidos, crucificado en las anillas, pero sin muecas de esfuerzo ni dolor en el rostro. Estaba provocando la admiración del público que había oído hablar de aquel ejercicio increíble, pero que nunca antes lo había visto. En aquella tortuosa postura se sintió triunfador. Era la primera vez que lo llevaba a cabo en público y el joven Achim descubrió con su ‘cristo’ que sólo el cielo marcaría su límite deportivo. Y no se equivocaría.

Buen deportista y estudiante

Todo lo hacía bien. Era buen estudiante, con enorme facilidad para aprender idiomas y desenvolverse con éxito en todos los deportes. En el colegio Hermanos de la Doctrina Cristiana de Barcelona destacaba en los partidos de fútbol o de baloncesto, y era un excelente jugador de tenis. Pero sobre todo disfrutaba con la gimnasia. Pasaba horas y horas en el gimnasio de su padre, el alemán Armand Blume, profesor de Educación Física casado con la catalana María Paz Carreras que fijó su residencia en Barcelona.

Las innatas condiciones físicas de Joaquín fueron perfeccionándose en el gimnasio familiar, moldeadas por el espíritu disciplinado que le inspiraría el carácter alemán de su padre. Así que se convirtió en un campeón precoz que con 15 años comenzó a ganar títulos. Fue el eterno campeón de España de Gimnasia desde 1949. En 1952 participó en los Juegos Olímpicos de Helsinki, obteniendo el puesto 56 entre 212 gimnastas. Tenía 19 años y ya era consciente de que nada se interpondría en su camino para triunfar. Su primer éxito internacional importante fueron las cinco medallas de oro de los Juegos del Mediterráneo en 1955. Fue cuando comenzó su popularidad que se mantuvo creciente gracias a su simpatía y atractivo. La prensa le adoraba. Cuando se casó, tras cortar la tarta nupcial, se fue vestido de novio al gimnasio para regalar a los fotógrafos unas imágenes haciendo el ‘cristo’ con su chaqué y bombín.

La gran esperanza deportiva española

Aunque los grandes rivales eran alemanes, japoneses y rusos, la proyección de Blume le señalaba como la gran esperanza deportiva española para los Juegos Olímpicos de Melbourne, sobre todo porque meses antes había derrotado a los grandes favoritos en un concurso internacional celebrado en Hannover. Pero la intervención de la URSS en la revolución de Hungría abortó la participación española que se sumó a un boicot internacional contra los soviéticos. Fue una lástima. El gimnasta estrella de Melbourne fue el ruso Tschkarin, que obtuvo 114,25 puntos. Blume había sumado en Hannover 113,90 puntos.

El gimnasta catalán continuó con su meteórica progresión. En la Copa de Europa celebrada en París en 1957 ganó en anillas, potro con aros, paralelas y combinada. También fue segundo en barra fija. La prensa especializada resaltó su técnica y su porvenir. Tampoco pudo ir a los Mundiales de Moscú en 1958 por el boicot internacional a la URSS. Las tensiones políticas internacionales estaban arruinando su carrera, pero todo su esfuerzo y voluntad se centrarían en los Juegos Olímpicos de Roma que se celebrarían en 1960. Y él estaba seguro de sí mismo: “Quiero ser campeón olímpico o campeón del mundo y mantendré la esperanza hasta los treinta y seis años”, había declarado a los periodistas. Así que cuando tras las acrobacias, su cuerpo se clavaba con los brazos extendidos y crucificado en las anillas, pero sin muecas de esfuerzo ni dolor en el rostro, Joaquín Blume continuaba sintiéndose triunfador, con sólo el cielo marcando su límite deportivo. Y no se equivocaría.

El accidente aéreo

En la luctuosa tarde del 29 de abril de 1959, el avión que desde Barcelona se dirigía a Canarias, se estrelló en la serranía de Cuenca. Murieron sus 28 ocupantes, entre ellos varios gimnastas que iban a participar en un concurso, como Pablo Muller, José Aguilar, Raúl Pajares, Olga Solé, y Joaquín Blume que viajaba con su esposa, María José Bonet. Como el resto de cuerpos de las víctimas, sus setenta y un kilos de fibra quedaron esparcidos por las inmediaciones del monte del Telégrafo, en un lugar donde se levantó una cruz de piedra con el nombre de todos los fallecidos, una cruz donde nos imaginamos los brazos extendidos y crucificados del que sin duda hubiera sido el primer héroe olímpico del deporte español.

lunes, 9 de enero de 2017

El salto de espaldas de Dick Fosbury

Ocurrió en el mismo año en que todo comenzó a cambiar. Los cimientos del mundo estaban temblando con las revueltas de París, con la primavera de Praga y, pocos días antes, con la salvaje represión a los estudiantes en la plaza de las Tres Culturas de México. Todo estaba cambiando en el mundo y también en el deporte, sobre todo cuando en el estadio Azteca, aquel atleta espigado y desgarbado, con el dorsal 272, inició una carrera de escasos metros, trazando una curva para aproximarse a uno de los momentos más importantes de la historia del atletismo. Fue cuando Richard Douglas Fosbury se elevó al cielo como nadie lo había hecho antes y escribió su nombre en el aire de un nuevo estilo.

Un mal saltador

Era un mal saltador de altura. No tenía la potencia suficiente para impulsarse lanzando una pierna, envolver el listón con el cuerpo y encoger la pierna de batida, girándola bruscamente, para evitar el contacto y el derribo. Aquella técnica que casi todo el mundo practicaba, el famoso rodillo ventral, constituía para él una insoportable incomodidad. Su entrenador, Berny Wagner, intentaba perfeccionar sin éxito su estilo, pero en realidad era un problema de facultades físicas. Por eso incluso le animó a que dejara el salto de altura y se dedicara a otra prueba. Y era verdad, Dick Fosbury no era potente, pero atesoraba un carácter perseverante, creativo y genial.

El rodillo ventral

Saltar envolviendo el listón con los brazos y las piernas era un verdadero problema. En realidad, el problema lo constituían los propios brazos y piernas del saltador, que por lo general eran la causa del derribo del listón. Así que Fosbury se planteó un salto limpio y despejado, sin extremidades que entorpecieran la batida ni el vuelo, es decir, un salto de espaldas. La idea no era nueva. Algunos atletas lo habían practicado, aunque era habitual que lo abandonaran por el riesgo de las lesiones. Hay que tener en cuenta que desde los primeros tiempos en que se practicaba el salto de altura, la técnica, además de la carrera, la aproximación, la batida y el vuelo, también contemplaba la caída, amortiguada al principio por arena y luego por colchonetas duras. El salto de tijera y el rodillo tenían la ventaja de calcular la caída apoyando las piernas, lo que garantizaba cierta seguridad. Pero la caída de espaldas era aún demasiado arriesgada, hasta que aparecieron las colchonetas blandas. Fue la clave para que Fosbury perfeccionara aquel nuevo estilo, acomodándolo a sus características.

El reconocimiento

Aunque sus progresos fueron formidables, la gente del atletismo le tildaba de loco. Hasta su entrenador le desanimaba. Cuando ganó el campeonato universitario de los Estados Unidos con aquella forma tan rara de saltar, logrando el pasaporte para los Juegos Olímpicos de México, comenzó a percibir cierto respeto. Y en el último día de los Juegos, el 20 de octubre de 1968, vivió su gran salto, tumbándose sobre el listón colocado a 2,24 metros, superando el rodillo ventral del gran favorito, el soviético Valentín Gavrilov y obteniendo la medalla de oro. Fue un reconocimiento a su constancia y una recompensa de tantas burlas soportadas.

Cuando en el estadio Azteca, aquel atleta espigado y desgarbado con el dorsal 272, inició una carrera de escasos metros y se elevó al cielo como nadie lo había hecho antes, todo comenzó a cambiar. Porque el mérito de Fosbury no fue aquella medalla, sino su talento, su genialidad y el legado de una nueva forma de saltar, de un nuevo camino que a partir de entonces siguieron todos los saltadores, escribiendo su nombre en el aire de un nuevo estilo universal, el fosbury flop, el salto de espaldas de Dick Fosbury.

martes, 3 de enero de 2017

Jim Thorpe, el indio de las medallas arrebatadas

Eran tiempos donde los antaño bravos guerreros indios de Norteamérica, desposeídos de sus tierras, se extinguían en las reservas. En ese tiempo, corriendo el año de 1888, en el seno de una familia de la tribu Sac y Fox, originaria de los Grandes Lagos, nació en Oklahoma un niño llamado Wa-Tho-Huk, que en el lenguaje de su pueblo significa “Sendero brillante”. Y por aquel sendero se guiarían las ilusiones de una raza acosada que, como otras, se reivindicaría por medio del deporte.

Wa-Tho-Huk creció en un rancho donde los potros salvajes jugaban huyendo de sus piernas veloces y felices. Fue a la escuela de la reserva con el nombre de James Francis Thorpe, y presionado por sus padres, ingresó con 15 años en el colegio estatal indio de Carlisle (Pensilvania), donde acudían jóvenes de todas las tribus del país. En aquel colegio, sin potros para perseguir, continuó volando con sus piernas, sobresaliendo en cuantos deportes practicó gracias a su deslumbrante velocidad y viveza. 

Un deportista único

Su incorporación al equipo de fútbol americano fue providencial para que en 1907, por primera vez, el colegio indio lograra obtener el campeonato universitario. Como atleta destacó como velocista, saltador y vallista. En 1912 fue seleccionado para participar en los Juegos Olímpicos de Estocolmo, ocasionando algunas dudas a la hora de elegir una prueba para inscribirle, ya que sobresalía en casi todas. Finalmente, se decidió por el pentatlón y el decatlón. Thorpe fue el brillante campeón del pentatlón, ganando los 100 metros lisos, el salto de longitud, el lanzamiento de disco y los 1.500 metros, quedando tercero en el lanzamiento de jabalina; y del decatlón, obteniendo una puntuación extraordinaria que tardaría en superarse veinte años, lo que invitaría al rey Gustavo V de Suecia a reconocerle como “el más grande atleta del mundo”.

De héroe a villano

Fue recibido a su regreso a Estados Unidos como un héroe nacional, despertando el orgullo de su raza que languidecía tejiendo y vendiendo alfombras en las estaciones de ferrocarril. Pero aquello sólo fue un sueño que se desvaneció meses después, cuando un periódico publicó que Thorpe había jugado varios partidos de béisbol como profesional en 1909. Fue todo un escándalo, pero era cierto. 

Como parte del programa de integración social del colegio de Carlisle, los estudiantes indios eran colocados en diversos trabajos durante los meses de verano. A Jim Thorpe le tocó ir a una granja cerca de Rocky Mount, y aprovechando su presencia, el equipo de béisbol del poblado le propuso pagarle la misma cantidad que recibía como peón si jugaba con ellos, y Jim prefirió el deporte antes que cargar paquetes de heno o limpiar establos. No sabía que aquello estaba prohibido por el escrupuloso espíritu olímpico amateur, y ni siquiera tuvo la precaución de jugar con otro nombre, cosa que sí hacían otros deportistas más avispados. Aquellos escasos partidos que disputó como profesional en la Liga de béisbol de Carolina del Este destruyeron su reputación. Su defensa fue sincera y sencilla, pero ineficaz: “Espero que seré perdonado, en parte por el hecho de que yo era simplemente un escolar indio y no sabía que lo que estaba haciendo estaba mal hecho…No conocía las cosas del mundo”, dijo. Pero el Comité Olímpico Internacional, presidido por el Baron de Coubertin, fue inflexible. Retiró a Thorpe el estatuto de amateur, borró su nombre de la lista de los campeones olímpicos y le invitó a que devolviera las medallas conseguidas.

Resentida sed de justicia

Aquello rasgó el corazón de Thorpe. Con una resentida sed de justicia, al menos continuó con su espectacular carrera como jugador de béisbol, de baloncesto y de fútbol americano, donde fue una estrella, aunque en los momentos de su declive tuvo que superar problemas de alcoholismo. Su reconocimiento social descansó en 1950 al ser elegido por los periodistas norteamericanos como el atleta más grande de la primera mitad del siglo XX, y al año siguiente, la compañía cinematográfica, Warner Bros, lanzaría una película sobre su vida protagonizada por Burt Lancaster. Pero aquello no fue suficiente. Cuando un ataque al corazón acabó con su vida en 1953, su voz se resquebrajó con las últimas palabras: “¡Mis medallas, devolvedme mis medallas!”.

La devolución de las medallas

Treinta años después, durante un acto solemne celebrado en Los Ángeles, el presidente del Comité Olímpico Internacional, Juan Antonio Samaranch, tuvo el honor de devolver aquellas medallas a los hijos de Jim Thorpe, medallas que nunca quisieron aceptar los segundos clasificados por respeto al gran campeón. Dicen que desde entonces, Wa-Tho-Huk ha vuelto a perseguir a los potros salvajes en las praderas de los Sac y Fox, pero llevando al cuello sus merecidas medallas.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Arteche, el defensa de la lealtad

El ejemplo es el mejor profesor de los valores humanos, también entre los futbolistas. En un grupo marcado por el inevitable egoísmo de querer jugar, ser un verdadero compañero puede resultar complicado. Pero siempre hay hombres más fuertes que los demás, que dan un paso adelante para enfrentarse con el problema y son capaces de transmitir los secretos de la lealtad.

A Juan Carlos Arteche, entonces capitán del Atlético de Madrid, no le tembló la mano cuando el 14 de abril de 1988 entregó a los periodistas un comunicado en defensa de su compañero, Quique Setién, y contra “las descalificaciones, insultos personales y humillaciones, así como las continuas injerencias de la dirección del club en forma de veladas o manifiestas amenazas”. Había comenzado el caprichoso y dictatorial periodo de Jesús Gil, y el comunicado, leído por el propio Arteche en el vestuario y aprobado por todos los jugadores, suponía toda una declaración de guerra al impetuoso dirigente. 

Sus primeros pasos deportivos

Aunque nacido en Maliaño, Juan Carlos Arteche se vino a vivir con su familia al barrio de Porrúa de Santander cuando contaba seis años de edad. Tras estudiar en el colegio Puente Porrúa, comenzó a jugar al fútbol en los equipos escolares del colegio La Salle, donde terminaría el bachillerato, aunque en un principio se tomó más en serio los partidos de tenis y de baloncesto, donde destacaba por su altura. Se incorporaría al equipo juvenil del Racing y luego a la selección cántabra de esa categoría que dirigía Manuel Fernández Mora. Fue precisamente Fernández Mora, que pasó a dirigir a la Gimnástica de Torrelavega, el que solicitó su cesión para incorporarle a su equipo en la temporada 1975-76, donde debutó en Tercera División. Cuando regresó al Racing, Arteche se estableció en el primer equipo, con el que debutó oficialmente el 22 de septiembre de 1976, en un partido de Copa del Rey disputado en el campo de Linarejos, contra el Linares C. F. El resultado fue de empate a dos. Al mes siguiente, el 24 de octubre, debutaría en Primera División en Mestalla, donde los santanderinos perdieron por cuatro a dos ante el Valencia C. F. 

Después de formar en el Racing una eficacísima línea defensiva con compañeros como Pedro Camus, Manolo Díaz, Lolo, Portu y el emblemático y veterano Manolo Chinchón, fue traspasado al Atlético de Madrid en el verano de 1978, después de haber jugado con el Racing 56 partidos y anotado 4 goles. 

En el Atlético de Madrid

Central de gran seguridad, inteligencia, fuerza, entrega y contundencia que se manejaba muy bien en el juego aéreo, Arteche mejoró esas cualidades, obteniendo otras en el Atlético de Madrid, como el sentido de la colocación y el control de balón, influenciado por su compañero de equipo, el brasileño Luiz Pereira. Con los atléticos ganó la Copa del Rey de 1985, derrotando al Athletic Club de Bilbao. También ganó la Supercopa de España esa temporada, y en 1986, fue subcampeón de la Recopa de Europa tras perder en la final de Lyon (Francia) ante los entonces soviéticos del Dinamo de Kiev. Además, en cuatro ocasiones fue jugador internacional con la selección nacional absoluta. 

El ejemplo es el mejor profesor de los valores humanos y, afortunadamente, siempre hay hombres más fuertes que los demás, que dan un paso adelante para enfrentarse con el problema y son capaces de transmitir los secretos de la integridad. En la temporada 1982-83, el entonces presidente cántabro del Atlético de Madrid, Vicente Calderón, había entregado a Arteche, en un hospital, la insignia de oro y brillantes del club, después de haber marcado dos emocionantes goles, dar la victoria a su equipo ante el Betis (4-3) y salir del campo en camilla con la rotura del menisco. Aquello no lo tuvo en cuenta Jesús Gil que expulsó a Arteche porque no pudo soportar que un hombre fuerte se cruzara en su camino, y menos que convenciera a sus compañeros para mantenerse fieles a un compromiso de honradez. Su muerte en 2010 resaltaría la figura de este profesor de valores humanos y de este seguro, inteligente, fuerte, entregado y contundente defensa de la lealtad.

lunes, 19 de diciembre de 2016

El regate mágico del Rayo de la tasa

El delantero está completamente acorralado. Se ha refugiado en una de las esquinas del campo, acaso buscando la salida honrosa de provocar un córner. Dos defensas han levantado un muro del que parece imposible salir. Los espectadores saben que en unos instantes perderá el balón. Pero el delantero ha hecho algo extrañísimo. Encarándose a ambos rivales, ha envuelto y escondido la pelota por la parte posterior, ha provocado un salto rápido y nervioso que parece no conducir a ninguna parte y se ha colado entre ambos, yendo derecho hacia la portería. Los defensores no le persiguen. Han visto con sus propios ojos que el jugador se ha escapado sin el balón.

Es cierto. José Antonio Saro, uno de los jugadores del Rayo Cantabria de la temporada 1957-58, se ha escapado sin el balón, pero éste, venido del cielo, se ha pegado de nuevo a sus pies como un perro fiel a la llamada de su amo. Avanza unos metros con él, paralelo a la línea de meta y luego centra hacia atrás para que uno de sus compañeros marque un nuevo gol. Los dos defensores, inmóviles e incrédulos, se miran preguntándose qué ha pasado.

¿Que qué ha pasado? Para contestar a esa pregunta hay que remontarse a un José Antonio Saro con diez años, en el campo de Buenavista de Oviedo, observando cómo un jugador argentino llamado Sará elevaba por detrás la pelota por encima de su cabeza, haciéndola caer hacia delante. Aquel malabarismo se convirtió en un obsesionante reto. Fue un momento impactante de su infancia deportiva, porque desde aquel día, con una pelota de goma en sus pies, Saro se obsesionó con el regate impensable hasta que consiguió controlarlo.

Un equipo irrepetible

El Rayo Cantabria de la temporada 1957-58 no fue un conjunto campeón, pero cautivó a los públicos gracias a la calidad de su juego, alcanzando una fama que, salvando las distancias, podría compararse con la que obtuvo el Racing de la temporada 1949/50. Aquel Rayo, que obtuvo el tercer puesto del competitivo grupo de Tercera División cántabro-vizcaíno, fue el que practicó el fútbol más ofensivo y espectacular. El Baracaldo, que fue el campeón, marcó 69 goles en los treinta encuentros ligueros, pero el Rayo anotó 83, alcanzando una media de 2,76 goles por partido. José Antonio Saro, el autor de aquel regate tan espectacular, fue el máximo anotador del equipo con 19 goles, seguido de Larrinoa (17), Yosu (13), Julio Santamaría (10), Laureano (7), Zaballa (5), Miera (3), Gómez (2), Ruiz (1), Velasco (1), Gutiérrez (1), Cordero (1) y otros tres que se marcaron, a modo de desesperación ajena, en propia puerta. El club rayista desplegó a lo largo del campeonato una puntería excelente sobre la meta adversaria, y comenzó a acostumbrar al público de los Campos de Sport a goleadas que tenían como dígito mágico la tasa de cinco o más de cinco. Y así, en sus partidos de casa, el Rayo ganó 5-2 al C. D. Villosa, 7-2 al Deusto, 6-0 al Durango, 5-0 al Valmaseda, 5-0 al Portugalete, 9-1 al Padura, 5-1 al Galdácano y 6-0 al Naval. No era extraño que antes de los partidos los aficionados se saludaran enseñando abiertos los cinco dedos de la mano aludiendo a la tasa.

El Racing, una víctima más

La mordaz eficacia rematadora de aquel equipo filial no sólo lo sufrieron los equipos rivales. Hasta el mismo Racing tuvo que resignarse al desparpajo futbolístico de aquel joven Rayo de la tasa. Era habitual que el Rayo y el Racing jugaran, generalmente los jueves, un partido de entrenamiento para observar en acción a los jugadores de ambos equipos. Naturalmente, en aquellos partidos siempre ganaba el Racing. Pero en la temporada 1957-58 las cosas cambiaron. En la primera vez que se enfrentaron los dos equipos, el partido finalizó con la victoria rayista por 5-2. En principio, sólo fue una anécdota que no supuso más que comentarios jocosos entre los futbolistas. Sin embargo, a la semana siguiente, el Rayo volvió a ganar el partido por el mismo resultado. Los racinguistas dejaron de hacer bromas y se decidió no volver a disputar aquellos partidillos.

Jugadores inolvidables

Aquellos jugadores del Rayo de la tasa aún permanecen en la memoria de los viejos aficionados, y merecen que sus nombres y apellidos no se olviden tan fácilmente: Teodoro Hernando Martín, portero seguro, sobrio y con grandes condiciones físicas; Fermín Martínez Cobo, el otro guardameta que llegaría a jugar en el Real Madrid y que pudo haber sido una gran figura si hubiera tenido más decisión en las salidas; Joaquín Gómez Perullera, contundente defensa central con excelentes condiciones físicas; José Luis Bustillo Obregón, otro defensa central con gran facilidad para adaptarse a cualquier puesto; José Luis Herrero Bielva (Morito), lateral derecho técnico y rápido que siempre trataba de salir con el balón controlado; Laureano Ruiz Quevedo, el centrocampista de gran visión de juego que fue el armador del equipo; Alfredo Gutiérrez Sanfelices, rápido y capaz de intervenir en una gran zona del centro del campo; Francisco Fernández Larrinoa, delantero centro oportunista y peleón; Pedro Zaballa Barquín, el extremo derecho rápido y peligroso que llegaría a ser internacional absoluto con el C. F. Barcelona; Eugenio Ruiz, interior y media punta muy bullidor y con buena visión del juego; Carlos Velasco Casuso, interior o extremo, veloz y habilidoso; Julio Santamaría Mirones, delantero centro o interior de gran clase, con mucha sangre fría y gran habilidad para el remate; Manuel Salcines Corral (Chisco), lateral técnico que trataba muy bien a la pelota; Antonio Alonso Imaz (Tacoronte), defensa central corpulento y seguro, con muy buena colocación; Gregorio San Emeterio San Martín (Gorio), centrocampista de clase y buen pasador; José Ramón Cordero Fernández, extremo ambidiestro, luchador, rápido y habilidoso; Fernando Trío Zabala (Yosu), extremo y delantero centro muy hábil y con buena técnica, que además del Racing jugaría en el Valencia C. F. y en el Athletic Club de Bilbao; Vicente Miera Campos, centrocampista, con muchísima clase, de gran rendimiento, que tras jugar en el Racing pasaría al Real Madrid, donde actuaría de lateral, llegando a ser internacional absoluto y José Antonio Saro Palleiro, el jugador al que el balón, venido del cielo, se pegaba a sus pies como un perro fiel a la llamada de su amo, el jugador que por sus goles, por sus pases y sobre todo por su regate mágico, personifica la grandeza de aquel brillante Rayo de la tasa, el que dejaba a los defensores inmóviles, incrédulos y preguntándose qué había pasado.
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