miércoles, 25 de mayo de 2022

Un racinguista llamado Manuel Arce

Manuel Arce junto a un retrato de José María de Cossío

Le recuerdo en el campo sorprendido y lleno de curiosidad. Y también arrepentido de no haber gozado de los placeres del fútbol hasta bien entrados los años. A pesar de que las gradas de El Sardinero no son aptas para personas con problemas de movilidad, él se tomaba lo de subir los peldaños con el espíritu de un escalador ciclista. Y aquel esfuerzo, que no era escaso, tenía la recompensa de una visión excelsa del espectáculo deportivo que descubrió con la Peña Racinguista Cossío. 

Compromiso con los jóvenes

No es cuestión de extenderse sobre la biografía de este personaje tan importante de la cultura cántabra del siglo XX, pero sí resaltaré, en el poco tiempo que tuve ocasión de conocerle, su firme compromiso con las generaciones jóvenes y con los nuevos retos, como el de fundar y presidir una peña racinguista en memoria de José María de Cossío. Ése fue el anzuelo que le pusimos para que aceptara nuestra propuesta, porque Cossío fue decisivo en su carrera como escritor. Y el 14 de junio de 2013, exactamente cien años después de que un grupo de diecinueve jóvenes formalizara el acta fundacional del Santander Racing Club, quince escritores, periodistas, exfutbolistas y personas relacionadas con la cultura, guiados por Manuel Arce, se desplazaron a la Casona de Tudanca para firmar, en la misma mesa de despacho de Cossío, el acta fundacional de la nueva peña racinguista surgida con el ánimo de evocar al que fuera presidente del Racing entre 1933 y 1936.

José María de Cossío y Manuel Arce

Cossío y Arce tuvieron caminos comunes. Ambos fueron editores, atesoraron cartas, fotografías y manuscritos como instrumentos para prolongar recuerdos y amistades, abrieron puertas a jóvenes poetas e impulsaron diversas iniciativas culturales. Cossío sería un hombre clave para que Arce pudiera abrirse camino como novelista, al ser el máximo defensor para que ganara el premio de novela ‘Concha Espina’ en 1955, con su obra ‘Testamento en la montaña’. Cossío convenció al jurado afirmando: “El premio está aquí. Lo supe en cuanto leí la dedicatoria. Es un libro de un escritor”.

Devoción por el Racing

Otro de los aspectos comunes de ambos fue su cariño hacia el Racing, aunque la vinculación de Arce con el fútbol, exceptuando algunos tímidos contactos durante su servicio militar en el Regimiento Valencia de Santander, sólo surgiría en los últimos años de su vida. Cossío fue uno de los primeros intelectuales españoles que se acercó al mundo del fútbol sin complejos, e incluso llegó a esparcirlo entre los jóvenes poetas del 27. Aunque tarde, Manuel Arce se llenó de entusiasmo para seguir los pasos racinguistas de su primer defensor literario, y ya con una salud delicada, quiso rejuvenecerse sintiendo los colores verdiblancos. Le recuerdo emocionado en el primer partido del nuevo Racing, tras el plante de La Liberación, después de ganar a la Cultural Deportiva Leonesa con gol de Koné. Manuel Arce fue invitado al palco que volvió a ser un lugar de honor, sin rugidos de minuto trece, con celebraciones por la victoria ante el equipo leonés y sobre todo por derrotar a una jerarquía deportiva déspota y corrupta.

Obligado aislamiento

Todos sentimos su distanciamiento de la vida cultural, deportiva y social, recluido en la residencia ‘Virgen del Faro’ de Santander. Visitar a un reo de El Dueso era más fácil que intentar saludar a Manuel Arce en aquella residencia de la que ya nunca más saldría. Qué suplicio alejarle de sus libros, de sus escritos, de sus fotos, de su ordenador y de la terraza de su Barlovento con vistas a la mágica bahía de Santander. Su muerte fue una señal racinguista, porque murió el 14 de junio, la fecha en la que el Racing se formalizó como sociedad y la fecha en la que le nombramos presidente de la Peña Cossío.

“Llegará el día en el que uno sólo estará vivo en la memoria ajena: lo presiento”, escribía Manuel Arce en sus ‘Aforismos’. Ese día ha llegado, aunque se nos haya privado de todo reconocimiento a su persona e incluso se nos haya hurtado la posibilidad de despedirnos de él en un funeral. Pero no se saldrán con la suya. Estoy seguro.


miércoles, 2 de febrero de 2022

Jan Abascal y el oro (robado) de Moscú



“No corta el mar sino vuela”, que diría José de Espronceda del ‘flying dutchman’ (holandés errante o volador) con el que Jan Abascal se trajo el oro de los Juegos Olímpicos de Moscú (1980). Fue el primer oro de la vela española, un triunfo que tenía mucho de desquite, porque cuatro años antes, en los Juegos de Montreal, la rotura de una cincha privó a Abascal y al guipuzcoano Benavides de una medalla cuando ya habían conseguido ganar tres regatas. Pero en 1980, aquel barco de 6,05 metros de eslora, 1,70 de manga y tres velas, voló sin averías sobre las aguas de Tallin (Estonia) despeinando todas las expectativas de los rivales.

El regalo de su padre

Aquel oro fue un sueño para el deporte español que en la historia olímpica sólo había conseguido uno en los lejanos Juegos de Ámsterdam (1928), triunfo del equipo de hípica donde participó el jinete cántabro Julio García Fernández de los Ríos. Un sueño, el de Jan Abascal, para el que parecía estar predestinado, porque tener un padre carpintero de ribera, dedicado a construir pequeños veleros, puede marcar el destino de cualquier persona, y más si contemplaba absorto cómo día a día avanzaba la fabricación artesanal de aquel pequeño barco con el que Jan Abascal se estrenaría en las aguas santanderinas de San Martín. Así que, mientras algunos niños soñaban con grandes aventuras con sus barquitos de juguete en el estanque o con los de papel en algún charco, Alejandro Abascal García (Santander, 1952) las experimentaba en la bahía con nueve años a bordo del ‘cadete’ que su padre le había hecho y regalado por las buenas notas en el colegio. 

Pescadores sacándole del agua

Provisto de su chaleco salvavidas y de los consejos paternos, las aventuras infantiles de aquel chaval consistían en intentar no volcar en cada maniobra, algo difícil de evitar en los comienzos donde caritativos pescadores le sacaban del agua empapado de ganas de repetir el embarque y corregir los fallos. Con aquella tenacidad marítima en la sangre, el joven Abascal descubrió los secretos del viento y de la navegación. Primero fueron los campeonatos sociales del Real Club Marítimo de Santander, luego las regatas juveniles donde se alzaría con el título de campeón de España de ‘Snipe ‘(1971), siempre con barcos fabricados por su padre, como en 1974, cuando con 22 años ganó el Mundial de ‘Vaurien’, velero que aún conserva como una reliquia.

La decepción de Montreal

Aquel mundial le cambiaría la vida. La Federación Española de Vela prestó atención al éxito y le propuso trasladarse a Palamós para preparar su participación en los Juegos Olímpicos de Montreal (1976). Tuvo que aplazar sus estudios de Física en la Universidad de Cantabria y cambiar la bahía de Santander por las aguas del Mediterráneo. La modalidad era el ‘flying dutchman’, una embarcación de orza móvil considerada como la fórmula 1 de la vela ligera que por su velocidad también acarrea serias dificultades de manejo. La preparación, más intuitiva y autodidacta que metódica tuvo sus frutos. En las aguas canadienses de Kingston, las primeras regatas colocaron a la pareja Abascal-Benavides entre las candidatas más serias para optar a las medallas, hasta que la rotura de una cincha de amarre desinfló las esperanzas relegándoles a la séptima plaza. La decepción del cántabro contrastó con la plata de su paisano Antonio Gorostegui en 470. Pero Abascal había aprendido muy bien a salir a flote cuando todo volcaba.

Seguridad de "gimnasia de cuello"

La preparación de Moscú contó con el motor de la experiencia. Abascal y el barcelonés Miguel Noguer como tripulante, hicieron podio en todos los mundiales hasta los Juegos. Se sentían seguros y favoritos. Cuidaron de los más insignificantes detalles.  De las aguas bálticas de Tallin conocían las corrientes, los cambios de los vientos y no descuidaron los reglajes para saber la forma de navegar en cada prueba. Hasta las bromas y las risas pensaban en los Juegos. Hacían “gimnasia de cuello” para recibir con soltura el peso de la medalla. Y todo salió bien. El barco azul de los españoles se impuso de forma clara después de seis regatas, en las que quedaron primeros en tres de ellas, segundos en una y cuartos en dos. No hizo falta salir en la séptima. Ya eran campeones.

Como aquel oro de las divisas del Banco de España en 1936, la medalla de oro que Abascal se trajo de Moscú fue robada en su domicilio poco después. Menos mal que el COI le hizo llegar una réplica, aunque nadie podrá nunca quitarle aquel éxito ni el tesoro de haber aprendido a salir a flote en la vida cuando vuelca nuestra embarcación.


jueves, 6 de enero de 2022

El 'retroceso' endemoniado de Laureano Ruiz


Laureano, gimnástico, marcado con el círculo en 1962

La dinámica del fútbol es tan básica como el secreto de la existencia. Todo es cuestión de crear y destruir. El delantero esboza ideas y ejecuta acciones generando espejismos que ocultan sus verdaderos propósitos. Es el creador. El defensa acosa las voluntades de sus rivales y las reduce a fracasadas intentonas. Es el destructor. Uno es un artista, el otro, una especie de bárbaro. Dicen que los futbolistas con talento tienen un don, y los destructores simplemente carecen de él. ¿Pero qué pasa cuando un creador utiliza su arte para destruir? ¿Es un ángel que se convierte en demonio?

Un ángel con el balón

Laureano Ruiz Quevedo (Escobedo de Villafufre, Cantabria, 1936), fue un ángel con el balón. Con excelentes condiciones técnicas, como futbolista tuvo una gran visión que facilitaba el orden táctico de sus compañeros. Jugó en el Unión Club (1951-52), Rayo Cantabria (1954-57 y 1957-58), Racing (1956-57 y 1958-59), Jaén (1959-60), Laredo (1960-61) y Gimnástica de Torrelavega (1961-65), pero fue como entrenador cuando más sobresalieron sus cualidades, algo hasta cierto punto lógico si tenemos en cuenta que, siendo jugador juvenil, ya dirigía a un equipo de barrio donde se encontraba Vicente Miera. Años después, como jugador del Rayo, fue el seleccionador juvenil y aficionado de Cantabria, y siendo jugador gimnástico, protagonizó una de las anécdotas más curiosas, porque entrenaba a dos clubes, el Rayo y El Sardinero, dándose la circunstancia de que ambos llegaron a la final del Torneo de Barrios de 1962 donde por decoro se ausentaría de ambos banquillos. Su carrera simultánea de jugador y entrenador continuó con la excepcionalidad de jugar en la Gimnástica y dirigir a los infantiles del Racing que conquistarían en 1965 el primer campeonato de España del club santanderino.

La revolución del rondo

Laureano fue un genio en la difícil tarea de inculcar a los jóvenes conceptos futbolísticos que no sólo marcarían el destino de extraordinarios futbolistas, sino que revolucionarían el fútbol español. Está considerado como el creador del estilo vistoso y eficaz que tanto ha caracterizado al Barcelona. Dicen por Cataluña que el fútbol de toques y pases constantes para mantener el balón encandiló a Johan Cruyff cuando éste era jugador del Barcelona y Laureano dirigía a los juveniles del conjunto catalán con los que conquistó el campeonato de España en seis ocasiones. Laureano empleaba un eficaz ejercicio con sus chavales para practicar aquel fútbol basado en el arte del desmarque y que se extendería rápidamente por toda España. Era el rondo, una práctica donde los futbolistas tienen que combinar entre ellos los pases mientras les acosan uno o dos jugadores que obligan a soltar con rapidez la pelota. Con Laureano se gestaría ese fútbol dinámico de toques y de posesión de balón que haría famoso al equipo catalán con la personificación de Johan Cruyff y luego con Guardiola, circunstancia que el mismo club azulgrana ha reconocido en diversos actos de homenaje que le han brindado en Barcelona.

Sistema para desquiciar

Pero Laureano, que llegó a dirigir al primer equipo del club catalán en la temporada 1975-76, teniendo entre sus jugadores a Johan Cruyff, también tuvo una época donde aplicó su talento a la destrucción endemoniada, y si inventó el rondo para jugar como los ángeles, también ideó el más odioso sistema para desquiciar la creatividad de los rivales: ‘el retroceso’.

Eran tiempos en los que Lauri jugaba en la Gimnástica de Torrelavega (1961-65), una etapa donde los torrelaveguenses solían jugar la fase de ascenso a Segunda División, algo que hicieron en 1962, 1964 y 1965. Tal y como explicó el mismo Laureano en una reunión de veteranos en 2008, la maniobra de ‘el retroceso’ consistía en que cuando el equipo jugaba fuera de casa y Laureano recibía el balón en campo contrario, sorprendía a todos conduciendo la pelota hacia su propia área y se paraba pisando el balón a esperar a los rivales. Cuando éstos, desconcertados, corrían hacia él, Laureano cedía el balón a su portero que lo recogía con las manos (aún no se había prohibido hacerlo). La jugada se prolongaba cuando el guardameta devolvía el balón a Laureano que repetía la operación. ‘El retroceso’ tenía sus variantes, como cuando la Gimnástica se enfrentó al Numancia en Soria. Después de la décima vez en que se practicó ‘el retroceso’, cuando casi todos los numantinos iban a atacar a Laureano, éste, en vez de ceder el balón al portero, lo adelantó a Fredo Alonso (Marquitos II) que estaba desmarcado, anotando el gol de un valioso empate.

Claro que ‘el retroceso’ también tenía sus inconvenientes, tal y como me lo contó uno de sus protagonistas, el guardameta y cómplice de la jugada, Gerardo Nárdiz, que defendía la portería gimnástica en un partido contra el Sestao en 1963. En la enésima vez que Nárdiz y Laureano se intercambiaron el balón, el público de Las Llanas, desquiciado, comenzó a amenazar al guardameta cántabro y la Guardia Civil tuvo que escoltarle el resto del encuentro que terminó como quería la Gimnástica, con empate a cero.

 Entre el ensueño y el ‘retroceso’, Laureano nos recuerda que crear y destruir forman parte indisoluble del fútbol y de la propia existencia.


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