jueves, 17 de enero de 2019

El racinguista de aquella selección vasca


Larrínaga con el equipo vasco, es el segundo agachado por la derecha.
La patria de las almas no tiene fronteras, aunque a veces vistan los colores de un equipo. Aquel jugador del Racing no quiso quedarse sin jugar tras estallar la guerra del 36. Como ocurrió en todo el norte de España, Enrique Larrínaga Esnal participó en varios de los partidos benéficos que se organizaban, en este caso, en Vizcaya. Pero José Antonio Aguirre, primer lendakari, y su ministro consejero, Manuel de la Sota, querían algo más. Con otros hombres vinculados al fútbol, darían forma a la idea del periodista Melchor Alegría de crear una selección de jugadores vascos para disputar partidos por Europa. El objetivo era recaudar fondos para la Asistencia Social del Gobierno vasco y dar a conocer la imagen de Euskadi en el exterior. Larrínaga, jugador internacional del Racing, sería uno de los futbolistas claves que se embarcaría en aquella aventura.

De Sestao a Basauri

Enrique nació en 1910 en Sestao, pero poco después su familia se trasladaría a Basauri. Con el ejemplo y la orientación de dos de sus hermanos mayores, que también fueron futbolistas, el pequeño Enrique adquirió una habilidad y visión del juego excepcionales. En 1924 ya formaba parte del Basconia, donde su hermano Luis era el presidente. Cuatro años después, a pesar de tener ofertas de clubes como el Arenas, el Athletic o el Barcelona, Enrique se decidió por el Racing, debutando con los cántabros el 16 de septiembre de 1928 en los Campos de Sport ante la Gimnástica de Torrelavega. El Racing alineó entonces a Aldama; Santiuste, Fernández; Hernández, Baragaño, R. Gacituaga; Santi, Loredo, Óscar, Larrínaga y Amós

Sin grandes facultades físicas pero con enorme inteligencia para dosificar sus energías, Enrique Larrínaga fue el gran organizador del juego del Racing en su etapa dorada gracias a su frialdad y el temple de sus eficaces centros. Fue clave en la clasificación para que el Racing fuera uno de los diez equipos de la fundación de la Primera División y luego del subcampeonato liguero conseguido en 1931. Su calidad sería reconocida en 1933 al ser llamado a la selección nacional, debutando en Vigo el 2 de abril contra Portugal. Larrínaga marcó el primero de los tres goles que dieron la victoria a los españoles. Anotaría 90 goles en los 185 encuentros oficiales que jugó con el Racing hasta 1936. 

En avión a Biarritz

Ya en plena guerra, cercados por las tropas de Franco, la histórica selección de Euskadi, con Larrínaga en sus filas, tuvo que viajar a bordo de un avión Negus para llegar a Biarritz y de allí en tren hacia la capital francesa, donde debutó contra el Racing Club de París en el Parque de los Príncipes el 26 de abril de 1937. El conjunto vasco, que formó con Blasco, Pablito, Ahedo, Cilaurren, Muguerza, Roberto Echevarría, Luis Regueiro, Iraragorri, Lángara, Larrínaga y Gorostiza, ganó 3-0, con los tres goles anotados por Lángara. Tras jugar en Praga, Marsella, Sete, Silesia, Polonia, Moscú, Leningrado, Kiev, Georgia, Minsk, Noruega, Finlandia y Dinamarca, el combinado vasco fue expulsado de Francia y se embarcó a América para disputar varios partidos en México, Cuba, Argentina y Chile, aunque la FIFA había prohibido a los equipos enfrentarse con ellos.

Asentados en México

La selección se refugió en México para competir en el Campeonato del Distrito Federal con el nombre de Euskadi. Larrínaga también jugó el último partido de aquella selección en Asunción (Paraguay), ante el Atlético Corrales, con el que empataría a cuatro goles el 18 de junio de 1939. A partir de entonces todos los jugadores tomaron rumbos diferentes y Larrínaga firmó con el Real Asturias, con el que ganó la Liga y la Copa de México ese mismo año. También conquistaría con este equipo la Copa de México de 1940 y 1941. Ya avanzado 1941, se incorporó al último club de su carrera deportiva, el Real España, con el que conquistaría la Liga en 1945. 

En 1979, Larrínaga regresó a su país. Fue invitado cuando la selección de Euskadi volvió a reunirse, en esta ocasión en San Mamés, para enfrentarse contra la República de Irlanda. Dos jugadores de la selección de 1937 harían el saque de honor de aquel partido: Iraragorri y Enrique Larrínaga

Siempre vasco y racinguista, aquel interior izquierda técnico e inteligente que hacía mejores a sus compañeros, murió en México, su otra patria, en 1993, aunque la verdadera patria de Enrique Larrínaga, la que amó no por su tamaño, sino porque era suya, fue el balón de fútbol.

miércoles, 2 de enero de 2019

La pionera del balón

No era una niña como las demás. Tenía una esencia vital que la invitaba a correr y a saltar. Por eso sus ojos se fueron detrás de los primeros balones que vio rodar por el barrio coruñés de Orillamar, entre chiquillos que se entretenían con ese nuevo sport y que tanto interés estaba levantando entre los cada vez más curiosos espectadores. Hubo reparos cuando se atrevió a pedir que la dejaran jugar. Pero fueron tan breves como el tiempo en que tardó en recibir la pelota, postrarse a sus pies y someterse a la increíble pericia y personalidad de la que dicen fue la primera futbolista española: Irene González Basanta

La primera

Muchos la señalan como la primera en todo lo futbolístico. La primera y, durante bastante tiempo, la única. Porque con el reto de su aspiración tuvo que batirse desamparada y sola en un fútbol de hombres. Fue la primera mujer futbolista en España, la primera guardameta, la primera capitana, la primera en jugar en un equipo de hombres, la primera en disputar una competición de fútbol masculina y la primera que dio su nombre a un club. 

Nacida en La Coruña el 26 de marzo de 1909, Irene comenzaría a ser popular en la ciudad jugando en el campo de La Estrada, Monelos y Riazor. Lo hacía en sus inicios como delantero centro. En realidad jugaba en todas las posiciones sin desentonar, pero a medida que los equipos lo formaban jugadores de más edad y peso, fue retrasando su demarcación hasta que encontró su puesto ideal, el de guardameta. Era ágil, intrépida, valiente y decidida. Sabía anticiparse y no dudaba en ir al choque en las salidas para enfrentarse a los uno contra uno. Como buena guardameta, también era mandona en el área, incluso un poco mal hablada y supersticiosa, ya que solía colocar algún amuleto junto al poste para alejar los goles de su puerta. Jugó en diferentes equipos infantiles, como el Racing-Athletic coruñés, y el público comenzó a sentir admiración por aquella joven que no se arrugaba ante nada. Participó en campeonatos y luego en encuentros amistosos con equipos de Vilaboa, Laracha, San Pedro de Nós, Carballo, Betanzos, Ferrol y Lugo, donde siempre exigían que jugara ella, la estrella del equipo, Irene. 

Su propio equipo

El éxito de su presencia por los campos gallegos, y cierta desorganización que había en los equipos donde jugaba, le animaría a fundar su propio club que llevaría el nombre de Irene F. C., y del que, naturalmente, era la capitana. Con su equipo realizaría giras aprovechando las diversas fiestas de las localidades de la provincia con partidos cuyas recaudaciones se distribuían entre la plantilla. 

En el otoño de 1927 la enfermedad la apartó de los terrenos de juego. La fama y el cariño que había atesorado se convirtieron en solidaridad. Un aficionado publicó en la prensa una carta titulada “Hay que socorrer a Irene”, y como consecuencia de aquella llamada, en varios campos de La Coruña, Ferrol y Betanzos se hicieron colectas durante los partidos para costear el tratamiento y los medicamentos que Irene precisaba. Pero todo fue inútil.

Fallecida a los 19 años

Murió el 9 de abril de 1928 de una tuberculosis pulmonar. Tenía 19 años. A su entierro asistieron jugadores y aficionados al fútbol que siempre supieron que Irene González Basanta no fue una niña como las demás, porque tenía una esencia vital que la invitaba a correr y a saltar. Lástima que sus ojos se fueron apagando, quizás soñando en perseguir los primeros balones que vio por el barrio coruñés de Orillamar para ser la primera y única mujer en atraparlos de forma ágil, intrépida, valiente y decidida.
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