miércoles, 3 de junio de 2020

La aventura española de Patrick O'Connell

Nacer y morir no son verbos de una única vez. Bien lo saben aquéllos sobre los que soplaron vientos de guerra. Patrick O’Connell vistió uniforme en la I Guerra Mundial, sufrió la locura de la independencia de Irlanda y sepultó su etapa de jugador de fútbol embarcando hacia el sur. Durante la navegación sentía cómo en las islas se quedaba el glorioso partido de los nueve hombres y medio, el escándalo del amaño contra el Liverpool, la denuncia de sus compañeros del Manchester United… y cuando desde el barco, la línea del horizonte comenzó a perfilar la costa del norte de España, sabía que allí nacería un hombre nuevo. Tenía entonces 34 años.

Llegada a Santander

O’Connell llegó a Santander el 10 de noviembre de 1922, cuando el Racing también se preparaba para afrontar una nueva etapa. El fútbol cántabro había tomado la decisión de independizarse del egocentrismo excluyente del vizcaíno, poniendo en marcha su primer campeonato donde, además del Racing, participaría su equipo filial, el New Racing. Como anteriormente había hecho Mr. Pentland, O’Connell puso sus ojos en los más jóvenes y se entusiasmó con ellos. Comprendía que eran el futuro del club y comenzó a diseñar ese futuro en los entrenamientos. Dirigía al Racing y al New Racing con un tacto exquisito. Trataba de evitar el agotamiento y la exigencia, sabiendo que ninguno de los jugadores era profesional. Aún joven, enseñaba con el ejemplo y deslumbraba con sus carreras, con su técnica, y con su disparo. Incluso la directiva quiso incorporarle al club como jugador, pero en España aún se mantenía la prohibición de que jugaran extranjeros, aunque actuó en varios partidos amistosos. Quería que se jugara al primer toque, que se erradicaran los individualismos en el recorrido de la pelota y que cada uno de los futbolistas se mentalizara en la acción colectiva del equipo. Y su trabajo fue dando resultados. Consiguió que el Racing ganara aquella fase clasificatoria para crear la Primera División, dirigiendo al equipo en el primer campeonato de la Liga española. Fueron los grandes logros deportivos del Racing.

Toros con José María de Cossío

Los siete años que pasó en Santander enriquecieron su vida personal. Se empapó de la idiosincrasia española. Disfrutó de la buena mesa, de los excelentes vinos, de la amistad con los jugadores. Entabló amistad con José María de Cossío, entonces directivo del Racing, de quien se contagió de la afición a los toros, asistiendo a las corridas, e incluso, vestido con chaqueta corta, participando en varias capeas. Pero sobre todas las cosas, su vida se enriqueció recuperando el amor. Se enamoró de una muchacha irlandesa y católica, Ellen, institutriz que la Reina Victoria tenía para atender al príncipe y a los infantes en el Palacio de la Magdalena.

El éxito sevillano

Tras su éxito en el Racing, fichó por el Real Oviedo y en 1932 viajó a Sevilla, otra de las ciudades que siempre llevaría en su corazón, donde escribió con grandes letras el nombre del Betis en la historia del fútbol español, porque en un partido memorable disputado en Santander contra el Racing, los sevillanos conquistarían el campeonato de Liga. Aquel éxito fue el más importante que obtuvo en España y el que le lanzaría para entrenar al F. C. Barcelona. Fue cuando la locura de la guerra del 36 volvió a interrumpir su progresión. Había sobrevivido a otras guerras, ¿por qué no a ésta? Viajó a México y a Nueva York con su nuevo equipo para jugar varios partidos amistosos, y cuando regresaron a España, sólo volvieron Calvet, Mur, Amorós y O’Connell. Y el irlandés aguantó en Barcelona a pesar de los bombardeos que también destrozaron la sede del club. Cuando vino la paz, O’Connell volvió a Sevilla, con su Betis, prolongando los días felices y ascendiendo a este equipo a Primera División. Luego fichó por el Sevilla C. F., consiguiendo el subcampeonato de Liga en la temporada 1942-43.

Los tiempos del infierno comenzaron a arder cuando de nuevo regresó al Betis, porque en la temporada 1946-47, O’Connell sufrió la vergüenza de llevar a los sevillanos a Tercera División. En esa misma temporada también descendería el Racing, y el técnico irlandés compensó de alguna manera su pérdida de prestigio volviendo a entrenar al conjunto montañés. Fue un acierto porque los cántabros subieron a Segunda División.

La llegada de su hijo Daniel

Y regresó a Sevilla, donde fijó su residencia, y allí le visitó un día la personificación del pasado que siempre quiso olvidar. En Irlanda había dejado a su primera mujer, con la que había tenido cuatro hijos: Patrick, Nancy, Ellen y Daniel. Nunca había faltado el envío de dinero para sostener a su secreta familia irlandesa, pero el pequeño de sus hijos, Daniel, averiguó el paradero de su padre y se presentó en la ciudad andaluza. Sólo quería conocerle. La cita fue en el Parque de María Luisa y O’Connell fue frío como el hielo. Miró a su hijo con indiferencia y sus primeras palabras fueron para que le contara noticias del Manchester United. Luego le presentó en sociedad como si fuera su sobrino.

Nacer y morir no son verbos de una única vez. Bien lo saben aquéllos sobre los que soplaron vientos de guerra. Patrick O’Connell sepultó su etapa de entrenador y puso rumbo al norte, a Inglaterra. Vivió sus últimos años en casa de uno de sus hermanos, donde murió el 27 de febrero de 1959, en Saint Pancras, al norte de Londres.

jueves, 14 de mayo de 2020

Patrick O'Connell, entre el cielo y el infierno


No hay hombres buenos ni hombres malos. En realidad, simplemente hay hombres cuyos actos son buenos y malos. Ángel y demonio, la llegada de Patrick O’Connell a Santander supuso una gran oportunidad para interrumpir y cambiar la vida de su infierno. España le abriría el camino de un cielo que comenzó a conquistar al lado de un modesto equipo que él introduciría en la historia del fútbol español: el Real Racing Club. Al otro lado del mar, allá en el norte, quedaba aquel infierno de odios al que sólo regresaría para morir.

Entre las mil historias de los protagonistas del Racing, la de Patrick O’Connell es, sin duda, la más apasionante y salpicada de misterios. Iba a decir que merecería una película, pero ya se hizo en su Irlanda natal para documentar su azarosa y polémica vida. Nació el 8 de marzo de 1888 en Drumcondra, un barrio de Dublín, en un ambiente demasiado humilde. Es cierto que fue uno de los diez hijos del matrimonio católico formado por el molinero Patrick y Elizabeth, pero también es cierto que fue hijo del hambre, de la miseria y del entorno de odio al imperialismo británico que defendía una Irlanda libre.

Sus inicios como jugador

Comenzó a jugar a fútbol en el Dublin Frankfort y el Strandville Rovers, pero luego se incorporó al Celtic de Belfast, donde firmó su primer contrato profesional. Este equipo, fundado por católicos, constituía todo un refugio de nacionalistas irlandeses. Entre sus compañeros se encontraba Oscar Traynor, futuro revolucionario que años después llegaría a ser uno de los fundadores del partido independentista, el ‘Fianna Fáil’ y ministro de la República de Irlanda. Pero ‘Paddy’ O’Connell hará su guerra particular contra los ingleses a su manera. Nunca quiso saber de política ni de armas. Él haría su guerra con el fútbol y decidió invadir los campos ingleses.

‘Paddy’ se fue a jugar a Inglaterra, demostrando su eficacia y su calidad en el Sheffield Wednesday, y más tarde en el Hull City F. C. Acaso aquella decisión comenzaría a labrarle cierta fama de desertor, aunque él siempre se defendía ante sus amigos y familiares diciendo algo así como “odio a los ingleses, pero no a su dinero”.

Jugaba en Inglaterra, pero su indomable carácter irlandés se dejaba la piel representando a su país, con el que consiguió ser internacional en cinco ocasiones. Aunque algunos le acusaban de traidor, en el campo nadie dudaba de su lealtad a Irlanda, sobre todo a partir de su bravura y determinación en el épico encuentro contra Escocia que se conocería como “el partido de los nueve hombres y medio”. Por aquella proeza, en los pubs de Broadway Street, los seguidores irlandeses, con la jarra de cerveza en la mano, entonaron durante muchos años canciones exaltando su gloria.

El partido de los nueve hombres y medio

El partido de los nueve hombres y medio se disputó el 14 de marzo de 1914, durante la ‘British Home Championship’, un torneo internacional que enfrentaba a Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda. Los irlandeses habían estallado de gozo ganando a Inglaterra y a Gales, y con un empate se proclamarían por primera vez campeones del torneo. Pero las cosas se pusieron muy mal para los hombres de verde. Billy Scott, el capitán irlandés, sufrió una dura entrada rompiéndose la tibia de una de sus piernas en los primeros minutos. Luego, los escoceses metieron un gol y minutos más tarde, O’Connell, que había recogido el brazalete de capitán de su compañero herido, cayó en mala postura y se rompió el brazo. Dejar a su equipo con dos jugadores menos cuando no se admitían los cambios, era mucho dolor, más dolor incluso que el de la fractura que estaba invadiendo todo su cuerpo. Pero O’Connell, con su brazo sujeto por un cabestrillo, volvió al terreno de juego para combatir hasta el último minuto. Fueron nueve hombres y medio los que quedaron en la hierba del Windsor Park de Belfast, pero nueve hombres y medio que estaban armados de una inquebrantable fe en sus posibilidades. Y fue el medio hombre, desmarcado y apartado en uno de los extremos, el que controló el balón, esperó la embestida de uno de sus rivales, y antes de se acercara, envió un pase perfecto a uno de sus compañeros para que marcara el gol del empate. Aquel centro de ‘Paddy O’Connell’ no sólo sirvió para inspirar canciones. También fue el trampolín para fichar por uno de los grandes, el Manchester United F. C.

El Manchester United

El comportamiento de O’Connell en Manchester parecía ejemplar. Muy pronto se convirtió en nada menos que el capitán del equipo, el primero no inglés en la historia de este gran club de fútbol, pero O’Connell guardaba celosamente el resquemor hacia sus compañeros imperialistas. En Irlanda era un amigo de los ingleses; en Inglaterra, un sucio irlandés. Además, la Liga estaba a punto de suspenderse por culpa de la Gran Guerra del 14. Se preveían malos tiempos y su frase favorita: “Odio a los ingleses, pero no a su dinero”, daba vueltas a su cabeza mientras alguien le proponía una tentadora oferta: amañar un partido entre el Manchester United F. C. y el Liverpool F. C. Nadie pensaría que el Liverpool F. C. podía perder el encuentro, por eso el resultado de dos a cero a favor del Manchester se pagaría ocho a uno en la oficina de apuestas. Y ése fue el resultado pactado. Cuando el Manchester ganaba dos a cero y el partido estaba a punto de acabar, una mano dentro del área obligó al árbitro a pitar un penalti a favor de los diablos rojos. O’Connell, el capitán, fue el encargado de lanzar la falta que ejecutó descaradamente fuera. Los jugadores cobraron una suculenta cantidad de libras, pero se abrió una investigación. Unos dicen que O’Connell denunció a sus compañeros porque le asaltaba el remordimiento, otros que disfrutó arruinando sus carreras deportivas, porque más de la mitad fueron inhabilitados. Él se libró de castigos. Pasó algún tiempo jugando en equipos de carácter amateur en Inglaterra, visitando Irlanda de forma esporádica. Pero Irlanda y su vida ya se habían convertido en un infierno.

La masacre

En plena Guerra Irlandesa de Independencia, el 21 de noviembre de 1920, en el simbólico estadio dublinense del Croke Park, un grupo de soldados, policías y paramilitares ingleses irrumpieron en pleno partido de fútbol gaélico y dispararon indiscriminadamente contra los espectadores. Era la forma de contestar al asesinato de varios oficiales que ese mismo día había cometido el IRA (‘Irish Republican Army’). Murieron catorce personas, entre ellas tres niños de 10, 11 y 14 años, resultando heridas otras 65.

No hay hombres buenos ni hombres malos. En realidad, simplemente hay hombres cuyos actos son buenos y malos. Patrick O’Connell no huyó de su tierra por los hombres, huyó por su locura. Santander le recibió con los brazos abiertos, permaneciendo durante más de siete años en la ciudad que le transformarían en un hombre nuevo. Y desde Santander, con su Racing, abriría el camino de una de las mejores trayectorias de un entrenador de fútbol.

viernes, 31 de enero de 2020

El triunfo mortal de Mirín Martínez

Mirín Martínez (derecha) se proclama campeón ante Echevarría
El destino de los dioses tiene caprichos inexplicables. Cuando alguien le propuso hacerse una foto cargando con cinco púgiles del gimnasio, a Casimiro Martínez Iñarra (Cos, 1944) se le otorgó el apodo del dios de la fuerza. ‘El Hércules de Cos’ le llamaron. Y con ese poderío se marcó el camino de su carrera deportiva. 

Es sábado, 12 de marzo de 1973. Cerca de su pueblo natal, donde aún se le venera como gran ídolo deportivo, Mirín Martínez está a punto de culminar su trayectoria como profesional. Formado y pulido en el gimnasio torrelaveguense de Pepe Ungidos y luego en Madrid con los entrenamientos del famoso Kid Tunero, Mirín se ha convertido en uno de los boxeadores más prometedores de los pesos pesados españoles. Ganó como aficionado el Campeonato de España en 1969 y 1970 y tras derrotar el 28 de octubre de 1972 al veterano Mariano Echevarría, en un combate celebrado en la bolera cubierta del Santiago Galas, en Ontoria, se convirtió en campeón de España profesional. Pero la reválida de un campeón se obtiene defendiendo el título, y ese día ha llegado con un rival temible, el navarro Lucio Urtasun. 

Su padre, el gran admirador

Todos están preocupados por el rival. En toda su carrera deportiva, Mirín jamás había perdido por K.O., hasta que en Bilbao, hacía unos meses, Urtasun le tumbó en la lona. El púgil de Urdiaín, con una pegada demoledora, inquietaba a Mirín y sobre todo a su padre, Casimiro Martínez Vélez, un ganadero de Cos y caminero de la Diputación Provincial que era el primer admirador de su hijo. Cuando sus labores se lo permitían, acudía a las veladas donde peleaba su hijo, hasta que al descubrirle una dolencia cardíaca, le aconsejaron que no presenciara más combates. Pero aquel sábado don Casimiro no va a perderse el combate de la defensa del título de su hijo que también se celebra en Ontoria. 

El combate

Como ocurrió el año anterior, el recinto deportivo estaba repleto. La llegada de los púgiles al ring estuvo ambientada por ruidosas exclamaciones. El campeón, Mirín, con una altura de 1,86 metros y 90 kilos de peso, se va a enfrentar a un aspirante de 102 kilos y una estatura bastante inferior. El combate se había pactado a doce asaltos y desde el comienzo, el púgil montañés plantea la pelea desde la precaución de vigilar el peligroso brazo derecho de su rival. La estrategia es moverse constantemente y bombardearle con la izquierda para rematar con la derecha. De esta manera, Mirín va sumando puntos en cada asalto. Su movilidad impide a Urtasun hacer valer su contundente pegada, y a medida que pasan los asaltos, el navarro se desespera buscando el golpe de fortuna, mientras que en el cuerpo a cuerpo, aprovecha para golpear antirreglamentariamente la nuca del cántabro. Al final, los jueces no dudan en dar la victoria a Mirín. Ganó once de los doce asaltos a los puntos. Cuando el árbitro catalán, Vicente Monrabal, levanta el brazo de ‘El Hércules de Cos’, su padre no puede evitar subir al ring para abrazar y felicitar a su hijo, junto con otros familiares y admiradores del campeón.

Las manos al pecho y la mueca de dolor

Pero de pronto, sumamente emocionado, don Casimiro se lleva las manos al pecho con una mueca de dolor y cae fulminado. Los brazos de Mirín amortiguan la caída. Enseguida se requiere la asistencia médica. Alguien se da cuenta de que no respira. José Luis Torcida, otro de los grandes boxeadores cántabros, intenta reanimarle con la respiración boca a boca y el masaje cardíaco. Pero don Casimiro no responde. Mientras los médicos intentan salvarle, el público se niega a salir del pabellón deportivo. Son minutos de enorme confusión, hasta que alguien comunica a Mirín que su padre ha fallecido. Aún con el torso desnudo y sudoroso, el gran triunfador de la noche se derrumba y no puede contener las lágrimas. Su rival, Urtasun, es uno de los primeros en acudir a consolarle con un abrazo. 

El refugio de las traineras y la tentación de Urtain

Desde aquel día, Mirín no quiso saber nada del boxeo. Se refugió en las traineras, formando parte de la tripulación de la ‘San José’ de Astillero, hasta que dos años después el famoso José Manuel Ibar ‘Urtain’ se cruzó en su camino como aspirante al campeonato que aún conservaba. La tentación de volver fue demasiado grande. El combate se subastó en 1975 por 1,6 millones de pesetas, la cifra más alta jamás pagada por un título nacional. Fue una lucha de titanes. Mirín logró tumbar a Urtain, pero con un entrenamiento orientado al remo, el cántabro fue ahogándose con el ritmo de los asaltos, hasta que el dios de la fuerza, el que soporta la carga de cinco hombres, no puede con el peso de la memoria de su padre muerto. Acaso por eso desfallece, abandona y convierte a Urtain en el nuevo campeón. Son los caprichos del destino de los dioses.
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