jueves, 1 de marzo de 2018

Kubala, un refugiado del Hungaria


Llegó a Santander a finales de junio de 1950. El Hungaria, un equipo huérfano, sin campo ni socios; un equipo nómada, sin rumbo y sin partidos oficiales, se había convertido en un refugio de libertad para unos futbolistas huidos del telón de acero. Cuando pisaron los Campos de Sport para mostrar su enorme talento y calidad, un jugador racinguista, Jorge Nemes, les recibió emocionado y comenzó a abrazarlos. Eran sus compatriotas, entre ellos Ladislao Kubala, quien se instalaría en España para convertirse en uno de los jugadores más sobresalientes de la época.

Una humilde familia

Ladislao Kubala Stecz nació en Budapest en 1927 en el seno de una humilde familia eslovaca. Su padre, Pablo, era albañil y había sido futbolista profesional, mientras su madre, Ana, trabajaba en una fábrica de cartón. Comenzó a jugar en el Ganz y con 17 años le fichó el Ferencvaros. Con esa temprana edad debutó en la selección nacional húngara. Luego marchó a Checoslovaquia a jugar con el Bratislava, dándose el caso de que llegó a ser internacional de nuevo, pero en la selección nacional checoslovaca. Poco después regresó a Hungría a jugar en el Vasas de Budapest. Kubala, como muchos otros futbolistas oprimidos por la dictadura soviética, no podía fichar por equipos occidentales para abrirse camino en su profesión. Prisionero en los campeonatos del comunismo, la obligatoriedad del servicio militar fue el motivo que le impulsó a tomar la decisión que marcaría su destino.

Con el disfraz de soldado ruso

Jugándose la vida, huyó a Austria en un camión con matrícula falsa, disfrazado de soldado ruso. De allí pasó a Italia, donde estuvo a punto de fichar por el Torino, pero finalmente lo hizo en el Pro Patria, librándose así de la muerte, ya que a última hora no viajó en el avión que regresaba de Lisboa y que se estrelló en Superga, acabando con la vida de todos los futbolistas del “Torino Grande”. Aunque en Italia gozaba de libertad como refugiado político, la FIFA les impuso el castigo de un año sin poder jugar partidos oficiales ante la denuncia de la Federación húngara. Fue cuando hablando con su cuñado y mentor, Fernando Daucik, entonces entrenador de fútbol, ambos encontraron la fórmula para poder jugar partidos en Europa Occidental sin romper la disciplina de la FIFA, creando un equipo de exiliados que se llamó Hungaria, término latino de su país de origen que también daba nombre a un poema sinfónico de Franz List. Era el verano de 1949.

La gira del Hungaria

La gira por España del Hungaria, tras recorrer Madrid y La Coruña, se detuvo en los Campos de Sport el 29 de junio de 1950. El equipo racinguista, el famoso que logró el regreso a Primera, celebraba con este partido el cierre final de su brillante temporada. Antes del encuentro, el capitán racinguista, Felipe, recibiría de los federativos la Copa de Campeón de Segunda División.  El primer tiempo terminó con la victoria local por dos a cero, tantos marcados por Mariano y Alsúa. En la segunda parte, los húngaros acortaron distancias con un gol de Tuberky, pero Pin marcó el tercero a pase de Alsúa. Echeveste, a pase de Madrazo, marcaría el cuarto tanto racinguista. Finalmente, el joven Ladislao Kubala anotaría el segundo gol húngaro, estableciendo el definitivo cuatro a dos.

Rumbo a Barcelona

Pocos días después, Kubala partiría hacia Barcelona para jugar contra el R. C. D. Español. El secretario técnico del C. F. Barcelona, José Samitier, no le dejaría marcharse a ningún otro lugar, y allí se quedaron sus grandes condiciones físicas, sus desmarques, sus prodigiosos regates, su gran dominio de la pelota y sus eficaces tiros a gol. Y con este club conseguiría cuatro títulos de Liga, cinco de Copa y dos Copas de Feria, marcando una época en el club catalán.

El Hungaria, un equipo huérfano, sin campo ni socios; un equipo nómada, sin rumbo y sin partidos oficiales, tenía el mayor patrimonio del mundo, sus futbolistas huidos del telón de acero y amantes de la libertad. Entre ellos, Ladislao Kubala. Dicen que junto al madridista Alfredo Di Stéfano, obligaron a sus respectivos clubes a construir o ampliar sus estadios para dar cabida a tanta gente que quería verlos jugar. Los dos marcarían una etapa brillante del fútbol español.

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