sábado, 23 de julio de 2016

La elegancia que bailó sobre ruedas

Cionín Villagrá
Dicen que el baile es una forma de alcanzar la belleza, de dominar cada músculo y lanzarlo a la felicidad. Entonces el cuerpo persigue el compás de la música e intenta atraparlo con la gracia del arte y de la armonía. Cuando lo consigue, se escriben versos en el aire y llegamos a comprender el mensaje poético del movimiento.

Quieta y altiva, deslizada sobre las ruedas de sus patines, o dinámica y revoloteando en una interminable espiral de piruetas, el patinaje se ha de rendir para siempre al rodar de la magia y del misterio de la mejor: Ascensión Villagrá Fernández (Santander, 1955).

Después de tantos años, Cionín sigue siendo la mejor. Nació para bailar sobre las ruedas y para proporcionar al patinaje artístico español su etapa más dorada. No ha habido patinadora más excelsa. Nadie como ella supo compaginar la potencia de sus piernas con la elegancia de su baile. Sus acrobacias eran impensables y pioneras. Dominaba como nadie el ‘axel’, el salto más difícil y espectacular, donde el patinador se prepara deslizándose de espaldas, realizando un cambio de dirección y del pie de apoyo para impulsarse con el libre y dar una vuelta y media en el aire. Ella fue la primera que logró realizar un doble ‘axel’ gracias a su técnica y fortaleza. También deslumbró a los jueces con la pirueta del ángel hacia atrás que culminaba sentándose sobre una sola pierna, mientras su sonrisa de niña escondía el enorme esfuerzo físico que derrochaba en cada actuación.

Desde el promontorio de San Martín

Todo empezó en la abandonada pista del promontorio de San Martín, en las instalaciones donde se practicaba tiro olímpico. Los jóvenes patinadores se ejercitaban sobre un suelo donde incluso crecía la hierba, bajo la mirada atenta de Nelly de la Fuente, la entrenadora que encauzó a Cionín y a una generación de patinadores y patinadoras irrepetible: Mari Mili Penagos, Inmaculada Domínguez, Mercedes Viota, Diego Ramírez, José García Capelo, Isabel Ortiz, Esmeralda Díaz Aroca, Julio Soler…

La búsqueda de unas instalaciones adecuadas fue una especie de éxodo para aquellos deportistas. Hasta que tras pasar por la pista de los Escolapios, llegaron al Complejo Municipal de Deportes de La Albericia. El entonces director, Manuel Díaz, acogió con los brazos abiertos a Nelly de la Fuente y a sus patinadores, incluso les ofreció que se integraran en una escuela municipal que tuvo el honor de ser la primera que hubo en España, estableciendo la base de lo que se conocería como la escuela montañesa, capaz de hacer sombra a la potente escuela catalana.

En 1962, cuando Cionín no había cumplido aún los siete años, viajó a Mallorca para participar en su primer campeonato nacional. Ocupó el último lugar. Para evitar la tristeza de tal derrota, su madre le regalaría una copa que ella misma compró a modo de consolación. Pero aquella experiencia no había desmoralizado a nadie. Fue simplemente el motor de un inicio de éxitos único en el deporte español. Dos años después, Cionín Villagrá volvió a participar en un Campeonato de España, concretamente en Piera (Barcelona), ganando el título de campeona. Su madre jamás tuvo que comprar otra copa de consolación. Su casa se hizo pequeña para acoger tantos y tantos trofeos que su hija conseguía en las competiciones a las que asistía. Sólo por mencionar los campeonatos de España, Cionín consiguió todos los títulos en los que participó, es decir, desde 1964 hasta 1975, año en que se retiró.

El Mundial

Cuando tenía doce años, ya había ascendido a la máxima categoría del patinaje y acudió representando a España al Mundial celebrado en Vigo (1968). Quedó en el discreto decimosexto puesto, siendo la primera española clasificada y la más joven de todas las concursantes. En 1970, acudió a los Mundiales de Nebraska (Estados Unidos) y terminó en la quinta posición. Un año más tarde logró su primer éxito internacional, la medalla de oro en los Campeonatos de Europa celebrados en Bruselas. En 1972, en Bremen (Alemania), volvió a superarse en los Mundiales y terminó en la cuarta posición, obteniendo la plata en ejercicios obligatorios. Sus últimos años como patinadora fueron los más brillantes, proclamándose en 1974 subcampeona del Mundo en La Coruña (el éxito más elevado del patinaje artístico español) y repitiendo la proeza un año después en Brisbane (Australia).

Tras este campeonato, cesaría la música. En Australia, tan cerca de las antípodas, un juez le confesaría que el motivo de no haber conseguido el título de campeona fue que era española. También sufriría la marginación federativa por el hecho de no ser catalana. Tenía 20 años y pendientes los mejores momentos de su carrera deportiva. Pero decidió retirarse decepcionada, agradeciendo a sus padres el dinero que dedicaron a aquella vocación de danzar sobre ruedas. Dicen que en su casa de Miami, conserva aún su mejor trofeo, aquella copa que su madre le regaló cuando quedó en último lugar.

Quieta y altiva, deslizada sobre las ruedas de sus patines, o dinámica y revoloteando en una interminable espiral de piruetas, el patinaje se ha de rendir para siempre al rodar de la magia y del misterio de la mejor: Cionín Villagrá.

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