miércoles, 7 de septiembre de 2016

El gran salto de Santillana

Santillana
Fue un salto a destiempo, demasiado anticipado, de esos que al principio deleitan elevándose por encima de los defensores, pero luego, en el instante preciso de la llegada del balón, nos humillan descendiendo, mientras todos suben y exhiben el estúpido fracaso de la falta de coordinación. Además, con la altura que había alcanzado aquel nuevo delantero centro del Racing, el ridículo iba a ser mayúsculo.

Pero me equivoqué. Y de qué manera. Aquel delantero no descendió. Como si el cielo le hubiera proporcionado ese punto de apoyo con el que Arquímides aseguró poder mover el mundo, su cuerpo sobresalió entre una nube de jugadores, su cadera realizó un violento giro, cuya inercia convirtió en látigo su cuello, y su frente, yunque de carne y hueso con los ojos abiertos, chocó contra la pelota emitiendo un sonido de trueno que confirmó que aquella exhalación no fue un engaño visual de nuestra fantasía. Después de tantos años, es el gol más impresionante que he visto y que he oído en mi vida.

Monaguillo y marcero


Hacerse futbolista entre amigos que cantan marzas para comprar botas y camisetas, tenía que ser síntoma de buenos augurios. Así comenzó a hacerse jugador de fútbol Carlos Alonso González, un chaval de Santillana del Mar, alumno del ‘Regina Coeli’ y monaguillo en las misas del padre Antonio Niceas. Tras jugar en el torneo de la Amistad, se incorporaría al juvenil Satélite, filial del Barreda Balompié. Su entrenador, Valentín Cuétara, fue quien le bautizó con el seudónimo de Santillana, llevando el nombre de la hermosa villa románica más lejos que el célebre marqués autor de las ‘Serranillas’.

Tenía unas facultades físicas excepcionales, aunque su técnica dejaba mucho que desear. Muy pronto comenzó a jugar con el equipo regional, aportando sus goles al ascenso del Barreda Balompié a Tercera División en 1970. Aquel año sería internacional juvenil y se proclamaría campeón de Aficionados tras ganar en la final a la Cultural de Guarnizo. El joven Santillana se estaba preparando para dar su impulso más potente.

El entrenador racinguista, Manuel Fernández Mora, fue quien le echó el ojo. Tuvo que lidiar con otras ofertas, porque a Santillana también le quería la R. S. Gimnástica de Torrelavega, el R. C. Deportivo de La Coruña y el C. F. Barcelona. Pero eligió el Racing, aunque en aquel tiempo, el equipo peleaba por el ascenso a Segunda División. Aún no había terminado la temporada 1969-70, cuando el conjunto cántabro fue a jugar la primera edición del Trofeo de La Galleta. Los santanderinos ya se habían comprometido a participar pensando que para finales de junio la temporada terminaría, pero ésta tuvo que prolongarse debido a los emocionantes partidos de promoción de ascenso contra el C. D. Ilicitano, así que para solucionar el compromiso, el club decidió acudir a Aguilar de Campoo llevando parte de los jugadores no convocados, varios jóvenes del Rayo Cantabria y algunos juveniles, entre ellos el recién llegado de Santillana del Mar. El 28 de junio, el Racing, dirigido por José Antonio Saro, ganó al Real Valladolid por uno a cero, gol marcado de un formidable remate de cabeza de Santillana. Meses después, debutó oficialmente como racinguista en los Campos de Sport, el 13 de septiembre de 1970, contra la U. P. Langreo. Jugaron aquel día Corral; Chinchón, Argoitia (Santi), José María; García, ‘Zoco’; Aguilar, Cabello, Linares (Santillana), González e Isidro.

Excelente rematador

Se confirmaría como excelente rematador en la cuarta jornada, cuando el Racing recibió al Pontevedra C. F. y a los diez minutos, un avance por la derecha de García brindó al joven ariete la posibilidad de exhibir su potente salto vertical, elevándose varios centímetros sobre sus marcadores y rematando de cabeza el uno a cero. Santillana fue afinando su puntería y sus recursos. Sería el autor de los tres goles de la victoria ante el Onteniente C. F. y sería vital para que el Racing eludiera la promoción al marcar el único gol contra el C. D. C. Moscardó que llevó la firma de su remate de cabeza, a pase de Aguilar, cuando faltaban once minutos para el final. Era el gol número 17 del delantero con el que sería Pichichi de Segunda División, aunque compartiéndolo con el jugador del Córdoba C. F., Manuel Cuesta. Meses después, tras jugar 36 partidos con el Racing, se incorporó al Real Madrid con Aguilar y Corral en una operación que salvó al club de la difícil situación económica que atravesaba.

En poco más de un año, con el impulso tomado desde los Campos de Solvay, aquel juvenil logró dar el salto desde categoría regional a Primera División, alcanzando el éxito del Campeonato de Liga en su primera temporada con los madridistas. Sigue siendo el internacional cántabro con más partidos disputados, cincuenta y seis. Como si el cielo le hubiera proporcionado ese punto de apoyo con el que Arquímides aseguró poder mover el mundo, Santillana sobresalió entre todos los futbolistas por sus impresionantes saltos, impulsos y remates de cabeza. Que nadie lo dude. Ni Zarra, ni Churchill podrán compararse nunca con él. Fue la mejor cabeza de todos los tiempos.

miércoles, 31 de agosto de 2016

La mejor jugada de 'Los Zurdos'

Ilustración del libro didáctico de 'Los Zurdos'
Viejo y ciego, aquel jugador que acudía a la bolera del Puente a “oír jugar a los bolos”, no pudo evitar la emoción y se levantó decidido a tirar. Le dieron la bola que colocó en la mano y, con la gracia del magnífico estilo de otros tiempos, la lanzó alta con un destino incierto. Pero sólo fue una estampa bolística contada por quienes supieron lanzar retos al cielo para hacer caer su voluntad sobre las filas de los bolos. Aquella singular pareja de zurdos, compuesta por Rogelio González (El Zurdo de Bielva) y Jesús Sánchez (El Zurdo de Mazcuerras), ganó su mejor concurso con el lanzamiento de su propia experiencia. Fue una bola de voz viviente, con palabras escritas, que quiso derribar la anarquía y la ignorancia de un juego que amaron como a su propia tierra.

La pareja sorprendió por primera vez a los aficionados en 1930, durante las eliminatorias del Campeonato de Bolos de la Montaña organizadas por la Cuerda Royalty. Rogelio tenía 34 años y Jesús, 19. Fueron los indiscutibles campeones en las finales, derrotando a Mallavia/Varillas y a Calderón/Somonte. Eran tiempos difíciles para los bolos. Después de la creación de la Federación Bolística Montañesa (1919), los aficionados comenzaron a polemizar sobre la forma de los bolos y la jugada del estacazo, creándose un clima de desunión y discordia. 

Fomento de los bolos

Durante la relación estrecha y cordial que mantuvieron como compañeros de juego, entre 1929 y 1936, los zurdos también conjugaron el deseo de ayudar al fomento de los bolos. El tándem de veterano y aprendiz fue madurando en las boleras y fuera de ellas. ‘El Zurdo de Mazcuerras’, que era maestro, fue quien propuso la idea de escribir el libro. Ambos ordenaron definitivamente sus conocimientos y así nació ‘El juego de bolos montañés’, con 119 páginas sostenidas sobre una modesta edición de 16 por 11,5 centímetros, con varias ilustraciones y ocho capítulos que se imprimió en Gráficas Ansorena, de Cabezón de la Sal.

Como inspiración que movió a los zurdos a escribirlo, ellos mismos señalaban el de “poner de manifiesto las bellezas de nuestro deporte, enmascaradas en gran parte por la actual anarquía en que se desenvuelve”; “hacer asequible el conocimiento del juego a los aficionados poco versados”; “facilitar en lo posible, por medio de las reglas a seguir, la formación de jugadores” e “interesar a la opinión, tanto conocedora como profana, para intensificar y extender la afición”.

Los Zurdos no sólo aportaron el valor de un testimonio de excepción por su calidad como jugadores. También se adelantaron a su tiempo ofreciendo soluciones metodológicas para orientar la formación y el aprendizaje. Si como se asegura en el texto, los conocimientos de bolos no se habían recogido hasta entonces “en ningún tratado escrito”, es fácil deducir que el libro de Los Zurdos constituye el primero, convirtiendo a sus autores en pioneros de la divulgación del juego montañés.

Los Zurdos corrigieron las últimas pruebas de su libro el 17 de julio de 1936, en la víspera del estallido de la guerra civil. No eran buenos tiempos para los libros. Además, las ideas republicanas de El Zurdo de Mazcuerras, que fue encarcelado en la posguerra, acabaron con los ejemplares en un almacén de Cabezón de la Sal sin que llegaran a los lectores, hasta que la librería Estvdio los rescató en los años noventa.

Estampas bolísticas

Rogelio y Jesús finalizaron el libro con unas estampas bolísticas no exentas de un sentimiento romántico y costumbrista. En una de ellas, un viejo y ciego jugador que acudía a la bolera del Puente a “oír jugar a los bolos”, no pudo evitar la emoción y se levantó decidido a tirar. Le dieron la bola que colocó en la mano y, con la gracia del magnífico estilo de otros tiempos, la lanzó alta con un destino incierto… Pero ¿a dónde?

Los Zurdos se olvidaron del destino de sus libros y de la bola lanzada por el viejo y ciego jugador: “¿Acaso importa a dónde? “¿Acaso dejan de ser sublimes, por carecer de finalidad, algunos impulsos del corazón?”. Aquella singular pareja de zurdos ganó su mejor concurso con el lanzamiento de su propia experiencia. Fue una bola de voz viviente, con palabras escritas, que quiso derribar la anarquía y la ignorancia de un juego con los impulsos del corazón.

sábado, 27 de agosto de 2016

El árbitro encañonado

José Gutiérrez Mier
Es 4 de noviembre de 1945, domingo de fútbol en Reinosa (Cantabria), en los campos de San Francisco. El partido está igualadísimo. Lo refleja el tres a tres del marcador. Puede ganar cualquiera de los dos equipos: el C. D. Naval o el Rayo Cantabria.

José Gutiérrez Mier, el árbitro, está llevando bien el encuentro. Sigue el juego de cerca, recorriendo la diagonal que mandan los cánones. Es un árbitro con experiencia y con prestigio. Ya ha actuado de linier en Primera División de la mano del colegiado Rafael García Fernández, y eso pesa entre los futbolistas. Sin duda es un árbitro con mucho futuro. Ha sabido aplicar a su autoridad las cuatro virtudes cardinales del juez deportivo: energía, valor cívico, honor y firmeza de carácter. Además, ha memorizado el decálogo propuesto por Fermín Sánchez, el primer árbitro de Cantabria, decálogo que enumera, mientras trota por el terreno de juego: Primero: “Piensa toda la semana que el domingo debes gastar tus energías físicas”. Segundo: “Refresca tu inteligencia con la lectura frecuente de las leyes del juego”. Tercero: “Procura amoldar tu vida privada a los dictados de una moral intachable”. Cuarto: “Con vista, agilidad y energía tus actuaciones serán admiradas”. Quinto: “Cuida, como de la tuya, de la integridad física de los jugadores”. Sexto: “El terreno de juego sea para ti campo donde reine la justicia”. Séptimo: “Frena los impulsos de tu carácter y deja que la serenidad presida tus fallos”. Octavo: “Huye de las discusiones dentro y fuera del campo, si quieres mantener tu autoridad”. Noveno: “Tu prestigio deportivo será el resultante de una conciencia pura, de un valor personal sin jactancia y del conocimiento perfecto de las leyes del juego”. Y décimo… 

El córner

En un ataque del Rayo ha pitado córner. Ha cambiado el trote por el paso rápido y se dirige hacia la zona del segundo palo. No se acuerda del décimo mandamiento arbitral, pero no importa. Le vendrá a la memoria en cualquier momento.

Cuando llega a la posición deseada, da tiempo al jugador para colocar la pelota en la esquina y echa un vistazo al grupo que se ha apelotonado en el área. Detrás de la portería, descubre la presencia, siempre tranquilizadora, de dos guardias civiles que velan por el orden público. Por un instante, se abstrae hipnotizado por los uniformes verdes, los tricornios y la sensación de seguridad que le producen los dos miembros de la benemérita. Pero debe prestar atención al juego, aunque sigue sin acordarse del décimo mandamiento arbitral.

El jugador rayista, Enrique Argos, ha sacado el córner y su golpeo ha dirigido el balón a media altura, hacia el primer poste. Dos jugadores, uno del C. D. Naval y otro del Rayo Cantabria, se han precipitado empujándose para llegar antes a conectar con la pelota, pero el rayista Timimi, obtiene la ventaja lanzándose en plancha, aunque un poco a destiempo. Por eso no ha podido resistir la tentación de dar un puñetazo al balón como gesto frustrante al no haber llegado a rematar con la cabeza. Pero la frustración se ha convertido en un inesperado éxito, al mandar la pelota dentro de la portería. Timimi se levanta convencido de que el sonido del silbato ha descubierto la infracción, por eso se extraña de que sus compañeros vayan a abrazarle efusivamente.

El guardia civil

Gutiérrez Mier no ha podido ver con claridad la jugada por el amontonamiento de defensas y delanteros. Ha concedido gol señalando el centro del campo, aunque los reinosanos están insistiendo demasiado en sus protestas y el público, en especial el situado detrás de la portería, le increpa ruidosa y despectivamente. Entre la nube de jugadores que le rodean reclamando mano del autor del gol, Gutiérrez Mier ha visto a un guardia civil, uno de los dos que estaba detrás de la portería, entrando en el terreno de juego y dirigiéndose hacia él, seguramente con la intención de protegerle de tanto revuelo. Cuando observa que ha desenfundado su arma reglamentaria, piensa que el representante de la ley está fuera de lugar, que es una exageración dispersar un tumulto deportivo de esa manera. Pero se equivoca. El punto de mira de la pistola tiene otro destino. El guardia extiende el brazo, le apunta al pecho mirándole a los ojos y le escupe:

- Ha sido una mano clarísima. O anulas el gol o te pego un tiro.

Gutiérrez Mier se ha quedado pálido. No ha podido articular palabra. Anula el gol y casi con marcialidad, señala la mano de Timimi que no ha visto. Los jugadores del Rayo no dicen ni pío. El público aplaude la rectificación y algunos aficionados felicitan al guardia civil.

- ¡Eso sí que es justicia, sí señor! 

Pero la justicia a veces tiene dos caras. Días después, la Federación Cántabra de Fútbol mandó repetir el partido que se jugó sin público, con los campos de San Francisco rodeados de guardia civiles. El Rayo se impuso 1-6 y logró ser campeón, ascendiendo a Tercera División. Por su parte, el guardia civil fue sancionado y destinado a Canarias.

Con más tranquilidad, ya en su casa, el colegiado encañonado abrió el libro ‘Cómo se hace un árbitro’, de Fermín Sánchez y encontró el mandamiento olvidado del decálogo: “La augusta misión que tienes que cumplir no debe admitir coacciones”.

- Siempre y cuando no te encañonen con una pistola, -apostillaría Gutiérrez Mier.

jueves, 25 de agosto de 2016

Platko y la fuerza de un poema

Platko, en el suelo, en el momento del impacto
Salir o no salir. Es el dilema eterno del guardameta, tan enigmático como la reflexión de Hamlet hablando con la calavera, pero con la dificultad de que no hay tiempo para la razón. Es el momento del instinto.

No recuerda haberlo decidido, pero se ha encontrado que todo su cuerpo se ha adelantado como impulsado por un misterioso resorte. Un delantero de blanco y azul se ha colado en el área en un despiste de su defensa y ha engatillado su pierna para el disparo. No puede permitirlo y se ha lanzado en un vuelo depredador hacia el balón. Y entonces sus defensas se convierten en manos que le sostienen, que le limpian y refrescan con agua, que se aglutinan robándole el aire… Se asusta descubriendo que está lejos de la portería, atendido en la banda, agobiado de dolor y de vendas que le cubren la frente… El impacto de la patada en la cabeza ha sido brutal. El árbitro ha parado el partido.

La final de Copa de 1928

En 1928, en la última edición en la que se presentaba como única referencia del mejor equipo de España (en febrero de 1929 comenzaría la primera Liga), la lucha por la Copa del Rey tuvo lugar en Santander con dos equipos finalistas, el F. C. Barcelona y la Real Sociedad de San Sebastián, que contribuyeron a crear un enorme clima de expectación, avivado por la rivalidad entre catalanes y vascos que en el campo se convirtió en una pelea con tintes épicos, durísima e igualadísima, hasta el extremo de que tuvieron que disputarse tres partidos para acabar con tanto empate.

No obstante haber sido la tercera y decisiva final la que inclinó la balanza a favor del Barcelona (3-1), fue la primera, la del 20 de mayo, la que se ganaría un lugar imborrable en la historia deportiva y lírica, gracias a la gran actuación del guardameta del conjunto catalán, Franz Platko, y a la inspiración de uno de los espectadores que presenciaron aquella hazaña, el poeta gaditano Rafael Alberti.

En una época donde el reglamento de fútbol no contemplaba los cambios, la lesión del portero era una situación muy delicada, aunque debajo de los palos se colocaría uno de los jugadores de campo del conjunto catalán, el interior Ángel Arocha. A pesar de las dificultades de jugar sin su guardameta, el F. C. Barcelona pudo dejar su portería a cero en la primera parte. Tras el descanso, se presentó en el campo sin Platko y el partido parecía haber marcado su rumbo a favor de los guipuzcoanos, más si tenemos en cuenta que a los pocos minutos, en una de las violentas entradas de los vascos, Samitier recibió una patada en la cara que le obligó a retirarse del terreno de juego. La situación era límite para el Barcelona, ya que los catalanes jugaban con nueve hombres, uno de ellos portero inexperto e improvisado.

En los vestuarios

No sabemos muy bien lo que pasó en los vestuarios de los viejos Campos de Sport cuando el malherido Platko vio entrar a Samitier, tan lesionado y pateado como él. Lo cierto es que con la lógica desaprobación de los médicos que le acababan de coser siete puntos de sutura, Platko se levantó para volver al no demasiado metafórico campo de batalla, cubierto con un voluminoso vendaje en la cabeza. Salir o no salir. Su equipo le necesitaba. No había tiempo para la razón. De nuevo era el momento del instinto.

El regreso de Platko al terreno de juego impresionó a los más de 15.000 espectadores que habían llenado El Sardinero. También a Alberti

“Fue la vuelta del viento…”
“…Y el aire tuvo piernas,
tronco, brazos y cabeza.
¡Y todo por ti, Platko,
rubio Platko de Hungría!”

Poco después, en uno de los avances dirigidos por Piera, el propio Samitier (que también había regresado al terreno de juego) culminó la jugada con un remate que supuso que “en el arco contrario el viento abrió una brecha”, la brecha del gol. Fue el momento álgido que elevaría al máximo la inspiración del poeta. Platko había resucitado a su equipo poniéndole por delante en el marcador.

El juego continuó con un aumento de la furia de los jugadores de la Real Sociedad que llegaron a arrollar a Platko nuevamente, pateándole en el área y arrancándole el vendaje de la cabeza

“...rubio Platko tronchado,
tigre ardiendo en la yerba de otro país…”

y finalmente, marcándole el gol del empate, obra de Mariscal. Se dio la circunstancia de que el bravo guardameta tuvo que jugar los últimos minutos con una boina para ajustar tanta venda rebelde y desordenada y protegerla así de la lluvia. Y de esa guisa, al acabar el partido y la prórroga, Platko salió a hombros de El Sardinero, no sabemos muy bien si como héroe, como herido o como ambas cosas:

“desmayada bandera en hombros por el campo…”

Son tan superlativas las manifestaciones de júbilo o de desesperanza en un campo de fútbol, como fugaces, inconsistentes, intrascendentes y variables, hasta que –no importa el motivo- un poeta se sienta en la tribuna y se estremece con una jugada o con un gesto. Entonces la emoción se escribe con mayúsculas, se llena de vida propia y jura entre renglones ser tan perdurable como la lluvia, el mar y el viento que la envolvieron. Por eso “Nadie se olvida, Platko, no, nadie, nadie, nadie…”

martes, 23 de agosto de 2016

Los golpes de un campeón del mundo

Uco Lastra  
No está derrumbado. Ha recibido golpes capaces de derribar a una mula, pero todavía continúa esquivando errores propios y malicias ajenas. Quizás no tenga tantos amigos como cuando conquistó aquel éxito internacional que convirtió a Cueto en la capital del mundo, pero los pocos que le quedan, son los mejores. No está derrumbado. Aún tiene fuerzas para aguantar los asaltos que le quedan, mantiene vivo el esbozo de su poderosa pegada y, sobre todo, conserva reluciente ese cinturón de piel y oro con las palabras mágicas que, sólo con pronunciarlas, pueden resucitar al espíritu más abatido: ‘World Boxing Association. Champion’.

Los inicios de Cueto

Cuando el entonces presidente de la Federación Española de Boxeo y médico de Franco, Vicente Gil, entró en aquel gimnasio húmedo y oscuro del Box Cueto, llegó a exclamar: “¡Sólo por entrenarse en estas inhumanas condiciones, estos chicos merecen una medalla!”. Qué razón tendría. El gimnasio (por decir algo) era un cobertizo abandonado de vacas y chones que, por mediación de Tano (Victoriano Diego Carrera), se había acondicionado con duchas a base de calderos de agua que se llenaban desde un pozo de manantial. Pero para Cecilio Lastra (Cueto, 1951), aquel gimnasio era un paraíso terrenal. Tenía en la sangre un cosquilleo impetuoso que a menudo desahogaba en peleas callejeras, engarrándose con chavales más pesados y mayores que él, siempre mirando de frente, sin retroceder, aunque sufriera alguna caída que otra. Así que aquel gimnasio era la mejor escuela para aprender lo que más le interesaba: mantenerse de pie.

Y siguiendo los pasos de sus hermanos mayores, José y Toño, comenzó a ejercitarse en los secretos del boxeo. Pesaba poco más de 46 kilos cuando le pidió permiso a su padre para entrenar. Éste, con ironía y cierta incredulidad, le preguntaría “¿Dónde vas chichas? Cómo le hubiera gustado responderle con un sencillo: “Voy a prepararme para ser campeón del mundo”. Pero su padre murió poco tiempo después y jamás pudo ver en el ring a la maravilla que se gestó en aquel cobertizo con duchas de calderos de agua.

El combate

Cuando suena la campana todo se transforma. Cuando sonó por primera vez a las 22:41 horas del sábado, 17 de diciembre de 1977, las quince mil personas que se agolparon en el Mercado de Ganados de Torrelavega, comenzaron a corear un nombre con energía: “¡Uco!, ¡Uco!, ¡Uco!..” y el púgil montañés se lanzó embalado hacia su oponente, el panameño Rafael Ortega. El ataque era arrollador. Lastra tenía uno de los ‘punchs’ más impactantes del boxeo nacional. Su zurda era demoledora y constante, y su rival tardó pocos segundos en comprobarlo. Por eso se abrazaba al cántabro, manejando peligrosamente la cabeza en los constantes ‘clinchs’ en los que basaba su defensa. Pero en el tercer asalto, Uco acertó a colocar un ‘crochet’ de izquierda en la mandíbula del panameño. Éste retrocedió a trompicones hacia las cuerdas, apoyó su espalda en ellas y sus brazos desmayados buscaron apoyo para no caerse de bruces. El árbitro, el venezonalo Jesús de Celis, inició el conteo de protección: uno, dos, tres… Cuando llegó a siete, el campeón americano se manifestó dispuesto a continuar, y Uco descargó sobre él una granizada de impactos en su cara, mientras el público volvió a corear su nombre con furor: “¡Uco!, ¡Uco!, ¡Uco!..”. Pero cuando suena la campana todo se transforma. En esta ocasión, impidió la victoria del cántabro por fuera de combate.

Los asaltos continuaron. Ortega era demasiado sabio y un estratega gestionando lo que en boxeo se llama “segundo respiro”. Comenzó a sacar un trallazo de derecha que era más espectacular que eficaz, mientras que Uco se desfondaba por la energía que suponía llevar la iniciativa del ataque. En los asaltos finales, el cántabro se dejó llevar por el entusiasmo de la multitud, respiró el oxígeno reconstituyente de su clamor y logró imponerse con claridad sobre el pugilista huidizo, proclamándose campeón del mundo de los pesos plumas.

Uco Lastra sufrió hace unos meses la amputación de una pierna, pero no está derrumbado. Ha recibido golpes capaces de derribar a una mula, pero todavía continúa esquivando errores propios y malicias ajenas. Quizás no tenga tantos amigos como cuando conquistó aquel éxito internacional, pero los pocos que le quedan, son los mejores. Ahí están Esteban Eguía y Miguel Feijoo, por ejemplo. Uco Lastra aún tiene fuerzas para aguantar los asaltos que le quedan, mantiene vivo el esbozo de su poderosa pegada y, sobre todo, conserva reluciente ese cinturón de piel y oro con las palabras mágicas que, sólo con pronunciarlas, pueden resucitar al espíritu más abatido: ‘World Boxing Association. Champion’.

sábado, 20 de agosto de 2016

Clemente López Dóriga, la luz de la Vuelta Ciclista a España

Clemente López Dóriga (izquierda) y el ciclista Fermín Trueba
El pelotón es casi ciego. Sobre una ruta ya encauzada, marcha acurrucado para evitar el viento en el avance y sólo tiene ojos en la vanguardia cambiante de su cabeza, preocupado de los rebeldes que se escapan. A veces se estira, a veces se parte en grupos, pero su vocación es mantenerse unido, como bandada de pájaros que emigra de etapa a etapa en un vuelo compacto y eficiente, donde todos se dejan llevar. Por eso el pelotón sigue siendo casi ciego, con una enorme miopía que no le deja ver más allá de los primeros metros.

El pelotón de la Vuelta Ciclista a España sigue pedaleando año tras año con una de las cegueras más oscuras del ciclismo mundial. La luz de sus orígenes se ha apagado sin que nadie se preocupe de encender el mérito de su creador. En sus respectivos países, se ha reconocido la labor de Eugenio Camillo Costamagna, principal impulsor del Giro de Italia, así como la de Henri Desgrange, organizador del Tour de Francia, que incluso tiene un monumento en la cima del Galibier. Pero en España, el santanderino Clemente López Dóriga (1895-1957), el creador de la Vuelta, sigue siendo un desconocido, incluso en su propia tierra.

Entre los inscritos de una nueva edición del Circuito de El Sardinero, que se disputaría el 23 de septiembre de 1913, se encontraba un seudónimo que contrastaba con los nombres y apellidos del resto de los participantes. Se trataba de ‘Lapize’, un escondrijo de un chaval de 18 años que quería ocultarse ante la prohibición de su familia de participar en las carreras ciclistas. Aún estaba reciente el dolor por la pérdida de uno de sus cinco hermanos, Alfredo, en una trágica muerte descendiendo en bicicleta la cuesta de La Pajosa. De ahí el reparo familiar. Pero Clemente López Dóriga, es decir, ‘Lapize’, debutó aquel día entre los más reputados ciclistas cántabros de la época, de categoría amateur y profesional, quedando en un excelente tercer puesto, después de los corredores castreños, ya consagrados, Santiago Chávarri y Eulogio Bilbao.

A partir de entonces, el ciclismo viviría emocionantes momentos con la luz de Clemente. Fue campeón de velocidad de Santander en 1915, 1916 y 1918, consiguiendo ser campeón de Castilla la Vieja en 1918 y 1919. Se retiró del ciclismo activo en 1921, y a partir de entonces se dedicaría al mecenazgo y al apoyo de los ciclistas. Entre ellos destacó Victorino Otero. Con la ayuda de Clemente, Otero se convertiría en uno de los primeros españoles que pudo finalizar el Tour de Francia, todo un éxito deportivo de entonces. Poco después, descubrió el tesoro de los hermanos Trueba (José, Vicente y Fermín). Fue padrino y mentor de los tres, en especial de Vicente, la famosa ‘Pulga de Torrelavega’, en sus participaciones en el Tour de 1932, 1933 y 1934.

Excelente organizador

Clemente era un hombre muy bien relacionado y con excelentes contactos que sabía utilizar para defender a los suyos. Además, tenía un gran prestigio como informador, de tal manera que desde el periódico ‘Informaciones’ de Madrid se encargaba de hacer las crónicas de las importantes competiciones a las que asistía. Otra de las facetas en las que siempre destacaría fue la de organizador. Siendo aún un chaval, puso en marcha la Vuelta a Santander (1914), y años más tarde, la carrera internacional Madrid-Santander (1923) que le proporcionó un enorme prestigio. Luego sería artífice principal de la Subida al Escudo (1931), de la Subida al Alisas (1934), de los campeonatos escolares organizados por ‘El Diario Montañés’… y en 1935, de su gran creación, la Vuelta Ciclista a España.

Desde el año anterior, había establecido su domicilio en Madrid, así que eso facilitaría las cosas. Así que logró convencer al director de ‘Informaciones’, Juan Pujol, para que el periódico se embarcara en la aventura de poner en marcha una gran carrera de etapas como ya se contaba en Francia e Italia. Y el 29 de abril de 1935, desde la Ronda de Atocha de Madrid, medio centenar de corredores iniciaría su marcha de 3.425 kilómetros, divididos en 14 etapas, para abrir uno de los acontecimientos más importantes del ciclismo en España.

Clemente López Dóriga continuaría su labor organizativa en la Vuelta durante los años cuarenta, con la colaboración del diario ‘Ya’, y alentando otras competiciones, como la prueba Madrid-Lisboa, Madrid-Salamanca-Madrid, Madrid-Oporto o el Campeonato de España por Regiones. Recibió la Medalla de Oro al Mérito Ciclista, pero su luz y visibilidad se irían debilitando con los años. Aquejado de una parálisis en sus piernas, aún pudo colaborar en la organización de pruebas de su Cantabria, como el Gran Premio San Migueluco, el Circuito de Torrelavega, el Gran Premio Sniace o el Campeonato de España de Montaña de 1952, con final en El Malecón.

El pelotón de la Vuelta Ciclista a España sigue pedaleando año tras año con una de las cegueras más oscuras del ciclismo mundial. Que la luz de sus orígenes pueda alumbrar el mérito de su creador, porque pocos dieron tanto cobijo a ciclistas y pruebas deportivas como Clemente López Dóriga, la luz de la Vuelta Ciclista a España.

jueves, 18 de agosto de 2016

La gran derrota del miedo a nadar

Amós de Escalante
El miedo es la prisión del corazón. Es cierto que los baños de ola de El Sardinero invitaron a los jóvenes a entrar en contacto con el mar. Pero aún eran escasos los que se aventuraban a nadar. No bastaban las maromas ni los bañeros para que se sintieran seguros los bañistas, temerosos del peligro que alentaban las noticias de algunos ahogamientos.

Y durante muchos años, el horror al mar fue la sensación de la mayor parte de los santanderinos del XIX. Pero hubo hombres y mujeres que dejaron de contemplar ese temor desde la ociosidad y, liberados de oscuros pensamientos, se lanzaron al agua dispuestos a abandonar el miedo, conscientes de que con su compañía, nadie llegó a lugares que merecen la pena.

Y entonces, toda una generación se dejó llevar por el valor de un poeta, Amós de Escalante (Santander, 1831-1902), que ante el asombro general, fue capaz de cruzar nadando la bahía de Santander. Aquella experiencia le serviría para escribir en ‘Costas y Montañas. Diario de un caminante’, una de las primeras referencias literarias a la natación, cuando “un hombre de poblada barba y recio busto”, en la playa castreña de Brazomar: “Llegóse a la orilla… /… y entrándose por medio de los que sentados o en cuclillas estaban a mojo asidos a una maroma, o a las manos callosas del marinero que los asistía, se arrojó sobre la espuma de una ola con el aire resuelto y tranquilo de los avezados a tales ejercicios. Sumergióse luego para salvar la rompiente, y salvada, nadó mar adentro con brazo vigoroso, levantándose sobre los anchos lomos de las olas que se sucedían. Único nadador en aquella hora, rompía la monotonía de la escena, y, naturalmente, se llevaba la atención de cuantos en la ribera estaban..."

El nadador descrito por Amós de Escalante preocupó en demasía a los salvavidas, “hombres diputados por el municipio para vigilar imprudencias y prevenir desgracias”, quienes desde tierra, a grandes voces y moviendo los brazos, advirtieron del peligro de tanto alejarse de la orilla. Cuando llegó a ella, aunque denostado de temerario, “con igual calma que había recibido los rociones del mar, recibió el bañista la reprensión del veterano, y sin encogerse de hombros siquiera, salió del agua mudo y tranquilo como había entrado”.

Los pioneros

La hazaña de Amós de Escalante, “nadador de los más intrépidos de la costa”, según aseguraba Marcelino Menéndez Pelayo, comenzaría a descubrir nombres con sabor a héroes, pioneros de la natación santanderina que abrirían el camino del valor al siglo XX, como Carlos Pombo, Senén Diestro, los hermanos Quintana, los hermanos Castañeda, Ramón Solano, el conde de Mansilla… y luego, tras la fundación del Club Náutico Montañés (1916), a los ganadores de las primeras competiciones en la dársena de Molnedo, en Puertochico, como Miguel González, Silvio Seoane, Elías Martínez o la poetisa Ana María Cagigal

El miedo es la prisión del corazón. No bastaban las maromas ni los bañeros para que se sintieran seguros los bañistas, temerosos del peligro que alentaban las noticias de algunos ahogamientos. Hasta que Amós de Escalante dejó de contemplar el miedo y se lanzó al agua dispuesto a someterlo con el vigor de su acción y el talento de su creatividad literaria. Y todos nos lanzamos al agua detrás de él.

lunes, 15 de agosto de 2016

Los juegos perdidos de un rey

Alfonso XIII jugando en la Sociedad de Tenis de Santander
En el deporte, perder también tiene sus alicientes. En realidad, perder puede ser el mejor aprendizaje y el mejor estímulo para ganar, de la misma manera que, en ocasiones, ganar es perder una gran oportunidad para ser mejor. Borges aseguraba que la derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce. Y es verdad, porque hay victorias vacuas y derrotas enriquecedoras.

Alfonso XIII no sólo perdió su trono y su palacio santanderino. Cuando en compañía del alcalde de Santander, Luis Martínez, visitaba la península de La Magdalena para comprobar cuál era la mejor ubicación para construirlo, un juego de reyes le tentó para apearse del automóvil que conducía Juan Pombo. Se trataba del tenis, un juego medieval que comenzó a popularizarse en los conventos franceses allá por el siglo XI, cuando los monjes estiraban una cuerda a través de los cuadriláteros de los claustros. Como compartiendo una oración, la pelota pasaba de parte a parte impulsada con la palma de las manos, saltando sobre un campo hecho mitades. El juego de los rincones de Dios pasó a las cortes palaciegas de una nobleza que no quiso ensuciarse. Acaso por eso se inventó la raqueta y proliferaron los recintos cerrados para practicar este juego. Cuentan que Enrique VIII de Inglaterra estuvo tentado de declarar la guerra cuando perdió una partida contra el rey francés, pero aquel día, el rey de España, venía en son de paz.

El deseo de jugar

Era el 9 de agosto de 1908. Los socios y socias del Tenis mostraban su entusiasmo ante la presencia del rey. Ellas vestían faldas largas y blusas cerradas, ellos pantalones blancos y camisas de manga larga. Alfonso XIII se acercó mostrando su deseo de jugar y, a la carrera, se formaron dos parejas mixtas para organizar un set. Primero lo hizo con Elvira Caller, contra Rafaela Quijano y Enrique Vial. Se notaba que el monarca ya conocía el juego, pero dejaba mucho que desear a la hora de empuñar la raqueta. Nadie se atrevía a corregirle. Sus errores se interpretan benévolamente como frutos de la mala suerte y, cuando acertaba, se le felicitaba y aplaudía efusivamente. La pareja rival hizo esfuerzos para disimular sus deseos de que el rey de España se impusiera, pero no lo consiguió, porque ganó 6-3. El sabor de la primera derrota no desalentó a su majestad. Pidió otro juego y formó pareja con Rosario Pombo, contra Consuelo Bolado y el marqués de Bayamo.

El entonces llamado ‘law-tennis’, no llegó a Cantabria procedente de ningún monasterio. Las primeras raquetas viajaron en las maletas de los jóvenes que regresaban después de estudiar en el extranjero. La historia deportiva señala a Ruperto Arrarte como el pionero. Había aprendido a jugar en Burdeos allá por 1903, y cuando regresó, se propuso buscar compañeros para organizar partidos. Y encontró a un gran aficionado a los deportes, Joaquín Pombo. Y en la finca de los Pombo, en el Alto Miranda, improvisaron una pista en 1904. Más tarde los jugadores decidieron acudir a la terraza del balneario de la Primera Playa de El Sardinero para continuar disputando partidos. Durante los años en que esta terraza fue el campo de juego, es decir, durante 1904 y 1905, se unieron otros nombres cautivados por el atractivo del nuevo ‘sport’.

La Sociedad de Tenis de Santander

El grupo, que iba consolidándose, se fijó en los terrenos del velódromo de la Magdalena, un amplio y hermoso terreno ya cercado, con algunas obras empezadas. Para afrontar el alquiler de aquellas instalaciones, los deportistas se formalizaron como sociedad. Gilberto Quijano y Ruperto Arrarte copiaron el reglamento del Círculo de Recreo y lo adaptaron al tenis. La novedad más importante fue que, por primera vez en Cantabria, las mujeres se incorporaban a la vida activa de una sociedad, no como invitadas, sino como jugadoras y socias con participación en la junta directiva y con pago de sus respectivas cuotas. Fue una verdadera revolución para la época. La primera junta directiva de la denominada entonces Sociedad de Law-Tennis de Santander se formó en 1906, presidida por el conde de Mansilla y compuesta, además, por Gilberto Quijano, Joaquín Pombo, Ruperto Arrarte, Enrique Vial, Jaime Chappui y las señoritas Rafaela Quijano, Anita Torres y Concha Pombo.

El 30 de julio de 1908 hizo una visita a las instalaciones del Tenis la infanta Isabel. Fue un acontecimiento que concentró a lo más selecto de la sociedad. Pocos días después, el mismo rey se disponía a jugar el segundo set con Rosarito Pombo, contra Consuelo Bolado y el marqués de Bayamo. En esta ocasión se esforzó un poco más, pero volvió a perder. Y la dignidad de la derrota le honró. No echó pestes como Enrique VIII. Cuando el rey decidió marcharse fue estrechando la mano a todos los jugadores y directivos. Luego subió al automóvil y se despidió diciendo: “Hasta el año que viene”. Y el rey volvería, porque perder puede ser el mejor aprendizaje y el mejor estímulo para ganar.

Alfonso XIII aceptó la presidencia de honor y otorgó al club el título de Real que aún conserva. Desde mayo de 1909, el Tenis pasaría a llamarse “Real Sociedad de Law-Tennis de Santander”. Pocos meses después, el 6 de agosto, se celebraba la primera competición de tenis en Cantabria, la Copa Santander. Todo por unos juegos perdidos de un rey que confirmaron que hay victorias vacuas y derrotas enriquecedoras.

viernes, 12 de agosto de 2016

El heroísmo de un guardameta

Jesús Castro
Tiene 42 años y todavía está en forma. Corre por la playa como un chiquillo y de vez en cuando echa de menos el balón. Han pasado cerca de diez años desde que abandonó el fútbol profesional, todo por culpa de una maldita hernia discal. Fue una pena, porque en realidad se encontraba en un estupendo momento de su carrera deportiva, con una edad perfecta para que el tesoro de su experiencia comenzara a brillar. Nada menos que dieciséis temporadas defendiendo la portería de su único equipo, el Real Sporting de Gijón, y de ellas trece en Primera División. Qué tiempos tan buenos: los ascensos, el subcampeonato de Liga, las dos finales de la Copa del Rey… Siempre le acompañarán todos esos recuerdos, incluso ahora, en la playa, cerca de la desembocadura del río que separa Asturias de Cantabria.

De pronto, el recreo de los pensamientos se interrumpe. Unos gritos de socorro alertan todos sus sentidos. A la izquierda de la cala, un padre se desespera, frustrado y sin fuerzas, intentando rescatar en el agua a sus dos hijos de 7 y 9 años. Los tres corren peligro de ahogarse debido a los remolinos que forman las olas cuando sube la marea. No es algo nuevo para él, porque la semana pasada, en ese mismo lugar, tuvo que salvar a otros dos niños que arrastraba la corriente. Qué imprudencia. Parece que nadie hace caso de la bandera roja.

La carrera hacia la orilla

Como impulsado por un muelle, ha convertido el sosiego de los recuerdos futbolísticos en una renovación de la naturaleza intuitiva e intrépida del guardameta. Aspira una gran bocanada de aire, antes de iniciar la carrera hacia la orilla, y se arroja al mar con ese ímpetu que los porteros tienen cuando salen de su área, obligados por las circunstancias, conscientes de cargar con la responsabilidad, pendientes de la anticipación y alentados por la seguridad en sí mismos. Siempre son la última esperanza del equipo, los que no dudan nunca.

En la playa de Amió, en Pechón (Val de San Vicente), el guardameta ha cubierto con éxito su portería, ha sorteado las traidoras amenazas del revoltoso e imprevisible oleaje y ha logrado rescatar al padre y a los dos hijos.

- “... Y hasta las olas del mar/ entonan el alirón.” 

Pero el último esfuerzo ha consumido la energía del salvador. Su generosidad le ha dejado flotando indefenso en el capricho de las corrientes, y la mar se lo traga como aceptando un trueque fatal. Se marcha dejando su portería a cero, y las olas que acuden a recibir la muerte del Deva, en Tina Mayor, y luego se rinden besando el arenal, parece que susurran palabras y versos ya escritos que nadie oye.

- “¡Ay fiera! En tu jaulón medio de lino,/ se eliminó tu vida./ Nunca más, eficaz como un camino,/ harás una salida/ interrumpiendo el baile apolomida...”

Jesús Castro González (Oviedo, 1951-1993), hermano del que fuera gran delantero internacional, Quini, murió en la acción más noble y trascendente que puede imaginar y realizar un ser humano: arriesgar y ofrecer su vida por la de los demás.

Para evocar aquella acción heroica, y acaso para recordar la conveniencia de respetar y acatar las banderas que nos advierten del peligro, en Amió, con el símbolo de dos manos unidas fraternalmente, permanece una placa de metal que dice: “En recuerdo de Jesús Castro González. Un buen hombre, un buen deportista que dio generosamente su vida por la de otros en esta playa. La afición sportinguista. 26 de julio de 1993”.

lunes, 8 de agosto de 2016

El mensaje de Spiridon Louis

Spiridon Louis
No pensaba en ningún mensaje. Sólo en distraer su pensamiento y alejarlo de la tortura de calcular cuánta distancia faltaba por recorrer. Sus pies doloridos le invitaban a maldecir el día en que el coronel Papadiamantopoulos entró en su casa para convencerle de que participara en aquella carrera interminable. Spiridon, que había estado bajo sus órdenes en el servicio militar, supo entonces de la famosa batalla contra los persas de Darío, de la gesta de Filípides corriendo más de 40 kilómetros y de su llegada a las calles de Atenas con los labios abrasados, los pies sangrantes y el aliento roto con el que a duras penas pudo expirar el mensaje de la victoria. Porque luego, extenuado, cayó derrumbado y murió. Pero él no pensaba en ningún mensaje. Sólo en distraer su pensamiento mientras seguía corriendo.

Cuando el viejo coronel disparó su revólver al cielo el 10 de abril de 1896 para dar la salida de la primera carrera de maratón, el honor del pueblo griego estaba en entredicho. La idea del barón de Coubertin de restaurar los Juegos Olímpicos de la Antigüedad había resucitado la autoestima del país, pero en las competiciones, Grecia no había obtenido los triunfos esperados. Así que todas las ilusiones se concentraron en aquella carrera conmemorativa y de tintes tan patrióticos.

Su primera carrera

Spiridon no era precisamente el depositario de las esperanzas griegas, porque había otros compatriotas mejor preparados y con mayor experiencia. Él corría por primera vez una prueba de carácter oficial. Además, mensajeros montados a caballo trasladaban las malas noticias al estadio del Panatenaiko, porque eran los extranjeros quienes dominaban la carrera. Pero la dureza de tantos kilómetros fue debilitando a los corredores, obligando a que se fueran retirando uno a uno cuando se colocaban en las primeras posiciones. 

Mientras tanto, Spiridon seguía corriendo y distrayendo su pensamiento. Acaso descansara en la imagen de su humilde familia de granjeros, o en sus vecinos de la barriada ateniense de Maroussi que le habían regalado las zapatillas con las que corría, o en su refrescante profesión de aguador que ahora echaba de menos más que nunca.

Cuando faltaban siete kilómetros, un jinete llegó galopando al estadio y se dirigió al palco presidencial, donde se encontraba el rey Jorge I de Grecia con la familia real y sus invitados. El mensajero anunciaba que un griego iba en cabeza de la carrera.

Spiridon despertó de sus ensoñaciones cuando entró en solitario en el estadio olímpico y la muchedumbre estalló en gritos de entusiasmo. Su camino se llenó de flores, de ramas y de sombreros que el público arrojaba a sus pies. El príncipe heredero, Constantino, y su hermano, el príncipe Jorge de Grecia, bajaron del palco hasta la pista y se pusieron a trotar para acompañar durante los últimos metros la emocionante llegada del atleta.

Corriendo con príncipes

Como hiciera Filípides con su carrera para trasmitir la noticia de la victoria ante los persas, Spiridon Louis también llevó otro mensaje de éxito, un mensaje diferente, deportivo y moderno, anunciando un nuevo tiempo donde un simple aguador podía llegar a la meta escoltado por príncipes. Spiridon fue la gran figura de los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna, se convirtió en un héroe nacional y transmitió al mundo el anuncio de la restauración olímpica. 

Dicen que cuando el rey le entregó el ramo de olivo y la pequeña copa de plata que obtenían los primeros vencedores olímpicos, también le ofreció concederle un deseo, y él, vestido con el tradicional uniforme militar de faldas blancas, pidió un carro y una mula para prosperar en su negocio de venta de agua.

Fue objeto de innumerables homenajes y reconocimientos, pero jamás volvió a correr. Su última aparición pública fue cuarenta años después de su éxito, en los Juegos Olímpicos de 1936 organizados por la Alemania del Tercer Reich. En aquella ocasión, Spiridon llevó a Hitler otro mensaje, el de una simple rama de olivo.

Con la piel arrugada, los pies cansados y el aliento roto con el que a duras penas pudo expirar más mensajes de paz, Spiridon Louis, siguió intentando alejarse de la tortura de calcular cuánta distancia faltaba por recorrer. Cuatro años después, extenuado, cayó derrumbado y murió de un ataque al corazón. Aún hoy, su camino sigue llenándose de flores, de ramas y de sombreros que celebran todos sus mensajes.
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